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Cocinar con carbón agrava el riesgo en Santiago
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Cocinar con carbón agrava el riesgo en Santiago

23 min de lectura
Redacción LevántateCuba
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En los edificios altos de Santiago de Cuba, la falta de alternativas para preparar alimentos ha llevado a muchas familias a recurrir al carbón dentro de espacios cerrados o mal ventilados. El problema no es solo doméstico: el humo y los gases tóxicos elevan el peligro para vecinos enteros.

La advertencia sobre los peligros de cocinar con carbón en edificios altos de Santiago de Cuba pone de nuevo bajo la lupa una de las caras más duras de la crisis cotidiana en la isla: la necesidad obliga a miles de familias a improvisar soluciones que pueden costarles la salud o la vida. Cuando fallan el gas, la electricidad o ambos, el carbón aparece como una salida inmediata, pero en apartamentos y corredores cerrados se convierte en una amenaza silenciosa.

El humo generado por este tipo de cocción no solo ensucia paredes o deja un olor persistente. También libera gases tóxicos que se acumulan con facilidad en espacios reducidos, sobre todo en edificaciones de varios pisos donde la ventilación suele ser limitada. En esas condiciones, el monóxido de carbono y otras partículas de combustión pueden afectar a niños, adultos mayores y personas con enfermedades respiratorias, incluso si no están en la cocina mientras se prepara el alimento.

La situación expone, una vez más, la precariedad de la vida urbana en Cuba. En Santiago de Cuba, como en otras ciudades del país, la falta de estabilidad energética y la escasez de combustibles han empujado a la población hacia métodos de cocción cada vez más riesgosos. Lo que debería ser una respuesta temporal a una emergencia termina convirtiéndose en rutina, y esa normalización del peligro es parte del deterioro social que se ha extendido durante años.

En edificios altos, el problema se agrava porque el humo no se queda en un solo hogar. Se filtra por escaleras, pasillos, huecos de ventilación y estructuras comunes, afectando a vecinos que no participan en la cocción pero que comparten el mismo entorno. En una ciudad donde muchas viviendas fueron diseñadas sin pensar en estas prácticas de supervivencia, cocinar con carbón dentro de apartamentos puede derivar en intoxicaciones, crisis asmáticas y otros daños respiratorios.

El trasfondo de esta alarma está en la caída sostenida de servicios básicos que el régimen cubano no ha logrado resolver. La población sigue obligada a buscar combustible, alimentos y agua en un contexto de apagones prolongados, inflación y desabastecimiento. Cada nueva improvisación revela el mismo fracaso estructural: un sistema incapaz de garantizar condiciones mínimas para la vida doméstica.

También hay un componente de desigualdad evidente. Quienes viven en casas bajas con patio o mejor ventilación tienen más margen para cocinar con carbón, aunque tampoco están exentos del riesgo. Pero en los edificios altos, donde el encierro y la densidad de habitantes multiplican el daño, la exposición se vuelve más grave. Las familias no solo deben resolver qué comer, sino también cómo hacerlo sin envenenar el aire que respiran.

La advertencia cobra especial importancia para los hogares con menores de edad. Los niños son más vulnerables a los efectos del humo y pueden sufrir irritación ocular, tos persistente, dificultad para respirar o dolores de cabeza. En personas mayores o enfermas, la exposición prolongada puede empeorar cuadros previos y llevar a complicaciones mayores. Sin embargo, en un escenario de emergencia permanente, muchas familias no tienen margen para elegir otra cosa.

Santiago de Cuba ha sido durante años un termómetro de las tensiones sociales del oriente cubano. Allí confluyen la escasez material, la presión sobre los servicios públicos y la frustración de una población que ve cómo las soluciones oficiales llegan tarde o no llegan. El uso del carbón en edificios altos no es un fenómeno aislado ni una simple práctica doméstica: es el reflejo de un país donde sobrevivir se ha vuelto una tarea de riesgo.

Mientras el régimen insiste en discursos de control y resistencia, la realidad en los barrios muestra otra escena. El deterioro energético empuja a la gente a cocinar como puede, y esa precariedad termina multiplicando los riesgos dentro de las propias viviendas. La advertencia sobre el humo y los gases tóxicos no hace más que confirmar que la crisis cubana ya no se mide solo en apagones o escasez, sino también en daños invisibles que se acumulan en cada hogar.

Si no aparecen soluciones reales para el abastecimiento de combustible, la estabilidad eléctrica y la reparación de infraestructuras habitacionales, el escenario seguirá repitiéndose. Por ahora, en los edificios altos de Santiago de Cuba, cocinar con carbón sigue siendo una respuesta forzada a una emergencia que el poder no ha sabido resolver, y que continúa poniendo en peligro a quienes menos responsabilidad tienen en ella.

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