Hay un momento en la historia de toda dictadura en que los líderes dejan de hablar con los vivos y comienzan a invocar fuerzas sobrenaturales. Ese momento llegó a Cuba. Cuando un régimen necesita recurrir a espiritistas para defender su modelo político, no está buscando apoyo: está admitiendo públicamente que ha perdido toda credibilidad entre los que respiran.
La afirmación del régimen cubano sobre el respaldo de espiritistas en defensa del socialismo no es un dato político: es un síntoma de colapso institucional. Un gobierno que gobernara con legitimidad no necesitaría validarse ante comunidades espirituales. Necesitaría validarse ante trabajadores que cobren salarios dignos, campesinos con tierra productiva, médicos que tengan medicinas. El régimen hace exactamente lo opuesto.
Esto tiene precedentes en América Latina, aunque pocos tan patéticos. Cuando los gobiernos autoritarios pierden el control de la narrativa racional, buscan narrativas alternativas. El peronismo argentino flirteó con el esoterismo en sus fases degenerativas. Los regímenes centroamericanos invocaban santería para justificar represión. Pero Cuba lleva esto a un extremo que roza lo grotesco: un Estado que se proclama científico, materialista y revolucionario, ahora necesita que los espíritus le den la razón.
La realidad presente es brutal. Mientras el régimen busca apoyo espiritual, hay más de mil presos políticos en las cárceles cubanas. Hay apagones diarios que llevan más de dos años devastando la economía. Hay cubanos comiendo lo que encuentran en la basura. Y la respuesta oficial es: los espiritistas nos respaldan. No es una estrategia política. Es una confesión de quiebra total.
Lo que sucede cuando esto continúa es predecible. Un régimen que pierde credibilidad entre los vivos busca legitimidad en lo invisible, y al hacerlo, pierde también la lealtad de los que aún dudaban. Porque ningún cubano que tenga hambre, que tenga un hijo enfermo sin medicinas, que vea a su familia exiliada, puede creer que los espíritus respaldan un sistema que lo destruye. El régimen no está ganando apoyo espiritual: está perdiendo apoyo material, y lo sabe.
El contraargumento es obvio: el régimen podría alegar que busca ampliar su base de apoyo, respetando todas las creencias. Pero esto es falso. El régimen nunca ha respetado creencias que no fueran las suyas. Ha perseguido a evangélicos, ha controlado a católicos, ha represaliado a masones. Lo que hace ahora es instrumentalizar el espiritismo porque le queda claro que el materialismo histórico ya no vende, que el marxismo-leninismo está muerto en la mente de los cubanos, que la revolución es una palabra vacía. Busca legitimidad en cualquier lado porque ha agotado todos los argumentos racionales.
Al pueblo cubano le digo esto: no se dejen engañar por la desesperación del régimen. Cuando una dictadura invoca espíritus es porque ya no puede invocar resultados. Cuando pide apoyo a fuerzas invisibles es porque ha perdido el apoyo de fuerzas visibles: el trabajo, la producción, la dignidad. El régimen no está buscando espiritistas para gobernar mejor. Está buscando una tabla de salvación mientras se hunde. Y esa tabla no existe. Lo que existe es su responsabilidad total por el sufrimiento que ha causado, y la obligación moral de todos los cubanos de exigir su fin. No mediante invocaciones, sino mediante la acción política organizada, consciente y decidida.




