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Derriban un central histórico en Holguín
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Derriban un central histórico en Holguín

24 min de lectura
Redacción LevántateCuba
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La demolición de un central azucarero en Holguín reavivó el debate sobre el derrumbe de una industria que durante décadas sostuvo empleo, transporte y vida económica en buena parte del oriente cubano.

La imagen de un central azucarero reducido a ruinas volvió a colocar en primer plano una de las heridas más visibles de la economía cubana: la desaparición acelerada de una industria que durante décadas fue símbolo de poder productivo, empleo estable y organización territorial. En Holguín, la demolición de una vieja planta azucarera provocó reacciones de tristeza y enojo entre cubanos que vieron en ese derribo mucho más que la caída de un edificio industrial.

Para muchos, lo ocurrido representa la confirmación de un proceso que lleva años gestándose en silencio: el desmantelamiento de una estructura económica que alguna vez marcó la vida del país y que hoy aparece cada vez más fragmentada, improductiva y abandonada. La escena de un central en el piso resume una decadencia que no surgió de la noche a la mañana, sino de décadas de malas decisiones, falta de inversión, centralización extrema y promesas incumplidas por parte del régimen cubano.

La industria azucarera fue durante buena parte del siglo XX uno de los pilares de la economía nacional. No solo aportaba divisas y empleo directo, sino que también sostenía comunidades enteras alrededor de la zafra, el transporte ferroviario, los talleres, los almacenes y los servicios asociados. El central no era únicamente una fábrica: era un eje alrededor del cual giraba la vida de pueblos enteros. Por eso su destrucción material tiene también una lectura social y emocional.

En provincias del oriente cubano, donde el azúcar marcó la identidad de varias generaciones, la desaparición de instalaciones históricas se vive como una pérdida colectiva. Muchas de esas plantas fueron construidas hace más de un siglo y sobrevivieron a guerras, ciclos económicos y transformaciones políticas. Sin embargo, no resistieron el deterioro provocado por la administración estatal, la falta de mantenimiento y una política industrial que fue vaciando de contenido a un sector que antes era estratégico.

El régimen cubano ha intentado presentar durante años la crisis azucarera como resultado de factores externos, entre ellos el bloqueo de Estados Unidos. Pero el deterioro del sector responde sobre todo a la incapacidad del propio sistema para sostener una economía viable. La reducción de áreas sembradas, la paralización de ingenios, la obsolescencia tecnológica y la salida de trabajadores calificados han dejado a la zafra nacional en niveles muy por debajo de lo que alguna vez fue. El derribo de un central en Holguín no corrige ese fracaso: lo exhibe.

La reacción ciudadana también revela el peso simbólico que todavía conserva la industria azucarera en la memoria colectiva. Para los cubanos que crecieron viendo el humo de los centrales como parte del paisaje cotidiano, cada planta demolida es una señal de que el país pierde no solo capacidad productiva, sino también referencias históricas y afectivas. Allí donde antes hubo actividad, ruido y movimiento, hoy quedan escombros y nostalgia.

A eso se suma una realidad económica mucho más amplia. La destrucción de infraestructura industrial en Cuba no ocurre en aislamiento. Convive con apagones prolongados, escasez de alimentos, transporte deficiente y salarios que no alcanzan para cubrir necesidades básicas. En ese contexto, la caída de un central azucarero se interpreta como una pieza más de un país que ha ido perdiendo sus capacidades de generar riqueza real.

También hay un componente político que no puede ignorarse. Durante años, las autoridades cubanas hablaron de “recuperar” la economía, “reordenar” el sector azucarero y “modernizar” la industria, pero los resultados visibles han sido el cierre de ingenios, la venta o abandono de equipos y la desaparición progresiva de la base material que sostenía esa promesa. Lo que hoy se derrumba en Holguín es consecuencia directa de esa inercia.

En una nación donde cada ruina industrial cuenta una historia de desperdicio y abandono, la demolición de un central no puede leerse como un simple acto técnico. Es también una radiografía del modelo económico cubano y de su incapacidad para preservar incluso aquellos sectores que alguna vez fueron su orgullo. El “gigante” del que hablan los cubanos no cayó solo por el paso del tiempo: fue empujado por un sistema que convirtió la improductividad en norma.

El futuro de la industria azucarera cubana sigue siendo incierto. Mientras no existan reformas profundas, transparencia en la gestión y condiciones reales para invertir y producir, seguirán repitiéndose escenas como la de Holguín. Cada central destruido deja menos espacio para la recuperación y más evidencia de una crisis estructural que el régimen no ha sabido ni querido resolver.

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