Miguel Díaz-Canel, quien encabeza el régimen cubano, visitó Consejos de Defensa en La Habana en un momento de alta tensión política con Estados Unidos y de creciente presión interna sobre una población golpeada por la crisis económica, los apagones y la escasez. La escena no es casual: el poder en Cuba suele responder a los conflictos externos con una mayor puesta en escena del control interno, usando la narrativa de “defensa” como una herramienta de cohesión política y de vigilancia social.
La visita volvió a colocar en primer plano a una estructura que el oficialismo presenta como parte de la preparación permanente del país, pero que en la práctica también funciona como un mecanismo de disciplina política en barrios, municipios y centros de trabajo. Los Consejos de Defensa, activados por niveles territoriales, forman parte del andamiaje institucional que el régimen utiliza para organizar la respuesta ante supuestas amenazas, movilizar recursos y reforzar la obediencia. En un país donde la vida diaria ya está marcada por el racionamiento, la migración masiva y el deterioro de los servicios, cualquier despliegue de este tipo termina siendo leído por la población como una señal de endurecimiento, no de protección.
Díaz-Canel, sin legitimidad democrática y sostenido por una estructura de poder cerrada, ha recurrido de forma reiterada a la idea de un enemigo externo para explicar el fracaso del modelo económico y político. Esa estrategia no es nueva. Desde hace décadas, la cúpula del régimen apela a la confrontación con Washington para reforzar su discurso de asedio y esconder su propia responsabilidad en la ruina del país. Cuando faltan alimentos, cuando el transporte colapsa o cuando los apagones desordenan por completo la rutina de millones de personas, la respuesta oficial no suele ser una rectificación de fondo, sino más propaganda, más control y más militarización del relato público.
La capital, donde se concentró esta visita, es también uno de los espacios más sensibles para el poder. La Habana reúne instituciones, sedes políticas, cuarteles, centros administrativos y una población que vive con especial intensidad las carencias del país. Allí, cualquier gesto del gobierno adquiere una lectura política inmediata. El recorrido de Díaz-Canel por los Consejos de Defensa, en ese contexto, no solo buscó mostrar presencia institucional, sino reafirmar que el aparato de seguridad y movilización continúa activo incluso en medio del deterioro generalizado del país.
La tensión con Estados Unidos, además, ha sido empleada por el oficialismo como un recurso narrativo permanente. Sin embargo, la presión internacional no explica por sí sola el hundimiento de Cuba. El colapso económico responde a un sistema centralizado, opaco e improductivo que ha sido incapaz de generar prosperidad, garantizar servicios básicos o ofrecer salidas reales a una ciudadanía cansada de promesas vacías. En vez de abrir espacios, el régimen responde con más vigilancia; en vez de reconocer errores, redobla la retórica defensiva.
Para los cubanos de a pie, este tipo de actos oficiales rara vez trae soluciones concretas. La gente necesita electricidad estable, alimentos accesibles, salarios que alcancen y un mínimo de certeza sobre el futuro. Pero el aparato político insiste en priorizar la lealtad y la contención social por encima de las necesidades reales. Por eso cada visita de Díaz-Canel a instancias de defensa o seguridad suele interpretarse como una reafirmación del poder duro, no como una respuesta a los problemas cotidianos.
La fórmula es conocida: cuando el desgaste interno se vuelve imposible de ocultar, el régimen activa el lenguaje de la “defensa” y coloca al país en un estado de alerta simbólica. Esa táctica le permite presentarse como víctima, blindar a su dirigencia y desplazar la atención de la crisis estructural que ha empujado a tantos cubanos a emigrar o a sobrevivir en condiciones cada vez más precarias.
La visita a los Consejos de Defensa en La Habana, en medio de un escenario de tensiones con Estados Unidos, confirma que el gobierno cubano sigue apostando por el control político como respuesta a su debilidad. Mientras el país se hunde en carencias y la población carga con el costo real de la ineficiencia estatal, el poder insiste en mostrar firmeza. Pero la propaganda ya no alcanza para tapar el desgaste de un sistema que hace tiempo dejó de ofrecer soluciones y solo sabe administrar la presión.




