La frase del escritor cubano abre una discusión que en la isla se repite cada vez con más fuerza: el problema no es solo la oscuridad que dejan los apagones, sino la costumbre de vivir dentro de ella. Según su criterio, el verdadero apagón de Cuba no se mide únicamente en horas sin servicio eléctrico, sino en la pérdida de la capacidad ciudadana para indignarse ante el deterioro cotidiano.
Esa idea resume un malestar extendido entre muchos cubanos que han visto cómo se normalizan las carencias, las colas interminables, la precariedad del transporte, la escasez de alimentos y la incertidumbre permanente. En un país donde la crisis energética se ha convertido en parte de la rutina, la reflexión va más allá de la infraestructura: apunta a la erosión del ánimo social y a la anestesia colectiva que deja años de frustración acumulada.
El apagón eléctrico, en efecto, ha sido una de las expresiones más visibles del colapso económico cubano. La generación, distribución y mantenimiento del sistema energético arrastran problemas estructurales que el régimen no ha resuelto, mientras la población carga con las consecuencias de una gestión ineficiente, la falta de inversión y la dependencia de soluciones improvisadas. Cada nuevo recorte, cada avería y cada corte prolongado recuerdan que el problema no es circunstancial, sino resultado de un modelo agotado.
Pero la observación del escritor va más allá de lo técnico. Su lectura coloca el énfasis en la respuesta social ante la crisis. Cuando la indignación desaparece o se debilita, el poder gana terreno. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido en Cuba: el régimen ha logrado, a fuerza de control político, propaganda y represión, instalar la idea de que poco puede cambiarse. La consecuencia es una ciudadanía cansada, menos dispuesta a protestar y más inclinada a sobrevivir día a día.
Esa dinámica no surgió de la nada. Durante décadas, el aparato político cubano ha castigado la disidencia, vigilado la crítica y promovido una narrativa oficial que responsabiliza a factores externos de casi todos los males internos. En paralelo, se han multiplicado los mensajes de resistencia vacía, sacrificio y disciplina, mientras los servicios básicos se deterioran y los salarios pierden valor frente al costo real de la vida. El resultado es una sociedad donde la queja existe, pero muchas veces se queda atrapada en el ámbito privado.
La pérdida de capacidad para indignarse también tiene un componente psicológico y cultural. En contextos de crisis prolongada, la gente aprende a adaptarse para no romperse. Esa adaptación, sin embargo, puede convertirse en resignación. Cuando el apagón, la escasez o la falta de agua dejan de verse como anomalías y pasan a percibirse como parte inevitable de la existencia, el régimen encuentra menos resistencia a su ineficiencia. La normalización del desastre termina siendo una de sus mayores victorias.
El escritor pone sobre la mesa un punto incómodo para el poder: la verdadera derrota de un país no siempre se expresa en cifras macroeconómicas, sino en la capacidad de sus ciudadanos para aceptar lo inaceptable. En Cuba, esa frontera se ha ido corriendo durante años. Lo que antes provocaba escándalo hoy apenas genera un comentario resignado, una queja en voz baja o una publicación en redes sociales que se pierde entre la fatiga y el temor.
La situación actual refuerza esa lectura. Los apagones prolongados afectan la vida doméstica, la conservación de alimentos, el descanso, el estudio y el trabajo. En barrios enteros, la falta de electricidad altera rutinas básicas y expone desigualdades entre quienes pueden improvisar y quienes quedan completamente atrapados por el desabastecimiento. Sin embargo, la respuesta oficial suele oscilar entre justificaciones técnicas, promesas vagas y apelaciones a la paciencia.
En ese escenario, la frase del escritor funciona como una acusación política y social al mismo tiempo. Señala que la crisis cubana no se limita a la infraestructura eléctrica ni a un problema puntual de combustible o mantenimiento. Habla de una sociedad a la que el régimen ha ido empujando hacia la apatía, la fatiga moral y el silencio. Y cuando un país pierde la capacidad de indignarse, también pierde una de sus defensas más importantes frente al abuso.
El desafío para Cuba, por tanto, no es solo volver a encender las bombillas. También tendría que recuperar la energía cívica de una población que durante demasiado tiempo ha sido obligada a adaptarse al deterioro. La reflexión del escritor deja una advertencia clara: mientras la resignación siga reemplazando a la protesta, el apagón más profundo seguirá siendo el que afecta la conciencia colectiva.




