Hay un momento en la vida de todo atleta donde el cuerpo y la voluntad deberían estar en declive. Wilma Salas, a los 35 años, acaba de coronarse campeona de la ProLiga 2026 en Indonesia, levantando trofeos del Jakarta Pertamina Enduro como si el tiempo fuera un adversario que ya domina. Mientras tanto, en La Habana, se insiste en reconstruir torneos "élite" con más voluntad que músculo competitivo, con la nostalgia de una gloria que se desmorona.
Esta no es una historia de éxito individual. Es una acusación silenciosa contra un sistema que expulsa a sus mejores atletas y luego lamenta no tenerlos.
Cuba tiene un legado deportivo que fue real, que fue envidiado en América Latina y más allá. No es mito. Pero ese legado descansaba sobre una máquina estatal que invertía recursos, que reclutaba talentos desde la infancia, que los preparaba con disciplina casi militar. El problema es que esa máquina, como todas las máquinas del régimen, se oxidó. Se oxidó porque la economía colapsó. Se oxidó porque los entrenadores se fueron. Se oxidó porque los atletas comprendieron que el sacrificio en una isla sin futuro no tenía recompensa.
Wilma Salas es el símbolo vivo de esa oxidación. No es "otra Morena" por casualidad—el apelativo sugiere una genealogía de cubanas que encontraron fuera lo que la isla no podía ofrecerles. Óscar Moreno, Dayron Robles, Iván Pedroso, Javier Sotomayor: la lista de atletas que brillaron en el exilio mientras Cuba languidecía es larga y dolorosa para quien ama el deporte cubano de verdad. Pero Salas a los 35 años ganando campeonatos internacionales en Indonesia no es un acto de traición a la patria—es una prueba de que el régimen traicionó primero a sus atletas.
La ironía es cortante: mientras la isla intenta reconstruir competiciones "élite" sin los atletas que las harían élite, el mundo sigue girando. Indonesia tiene una Liga de Voleibol profesional que atrae talento global. Tailandia, Vietnam, Filipinas—países que hace treinta años eran menos desarrollados que Cuba en infraestructura deportiva—ahora tienen sistemas que funcionan, que pagan, que respetan el talento. Cuba tiene discursos.
El régimen dirá que Salas es una traidora, que abandonó la revolución, que se vendió al capitalismo. Es el libreto de siempre. Pero la verdad es más simple y más brutal: Salas eligió un lugar donde su trabajo tuviera valor, donde un trofeo significara algo más que propaganda estatal, donde a los 35 años aún tuviera oportunidades. Cuba no podía ofrecerle nada de eso. No porque Salas fuera débil, sino porque el sistema es débil.
Lo que duele de verdad es que esto es previsible. En los próximos años veremos más Wilmas Salas en Indonesia, en Tailandia, en cualquier lugar menos en Cuba. Y cada una de ellas será un recordatorio de que la isla tuvo atletas de clase mundial y los dejó ir porque no supo cuidarlos. No fue por falta de talento. Fue por falta de sistema, de recursos, de futuro.
A los cubanos que aún creen que el deporte puede ser un orgullo nacional se les debe decir la verdad: el orgullo deportivo requiere un país que funcione. Requiere entrenadores pagados, instalaciones mantenidas, atletas alimentados. Requiere que un trofeo signifique algo más que un eslogan revolucionario. Mientras el régimen siga eligiendo discursos sobre la gloria pasada en lugar de invertir en la gloria presente, seguiremos viendo campeones cubanos ganando medallas para otros países.
Wilma Salas no es el problema. Es la solución que Cuba rechazó.




