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Holguín sobrevive con 3 horas de luz y 40 de apagón
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Holguín sobrevive con 3 horas de luz y 40 de apagón

31 min de lectura
Redacción LevántateCuba
ApagonesHolguínCrisis eléctricaEmpresa eléctricaSector residencial
La Empresa Eléctrica de Holguín admitió que la provincia opera con una disponibilidad mínima, mientras el servicio residencial queda relegado frente a sectores priorizados como hospitales, bombeo de agua, turismo y la industria del níquel.

Holguín vive hoy uno de los rostros más brutales del colapso eléctrico cubano: apenas tres horas de servicio por cada 40 de apagón. La propia Empresa Eléctrica provincial reconoció la magnitud del derrumbe, en un nuevo retrato de la incapacidad del régimen para sostener un sistema que lleva años sin inversión suficiente, sin combustible y sin respuestas reales para la población.

La explicación fue dada por Rubert Reynaldo González, director general de la Empresa Eléctrica de Holguín, durante una intervención televisiva resumida después en las redes oficiales de la entidad. Allí quedó expuesto que la provincia dispone de cerca de 70 MW, cuando su demanda máxima ronda los 240 MW. Es decir, menos del 30% de lo que necesita para funcionar con normalidad.

La cifra por sí sola explica la desesperación de miles de familias. Holguín es la segunda provincia cubana con mayor cantidad de clientes eléctricos, con 383.180 usuarios. Sin embargo, el reparto interno de la poca energía disponible deja al sector residencial en una posición casi residual. De los 70 MW reportados, 26 MW se reservan para servicios considerados vitales y otros 20 MW se destinan a la industria del níquel. Para las viviendas, según el propio esquema expuesto, quedan apenas 14 MW frente a una demanda estimada en 190 MW.

Esa brecha no deja margen para maquillajes. La entidad reconoció que ya no puede sostener los bloques tradicionales de apagón y que ahora aplica un sistema de cola, una modalidad que posterga una y otra vez el suministro para los barrios. En la práctica, eso significa que la electricidad llega por ratos y luego desaparece durante jornadas enteras, mientras las familias ajustan su rutina a un calendario de incertidumbre que destruye la vida cotidiana.

El propio directivo admitió que, debido a la baja disponibilidad, cada circuito recibe alrededor de tres horas de electricidad por cada 39 o poco más de 40 horas de interrupción. Ese patrón, más que un plan de distribución, es una admisión de derrota. La provincia no administra el apagón, lo padece. Y el Estado, lejos de aliviar la situación, la ordena según prioridades políticas, económicas y turísticas.

La empresa también reconoció que existen 18 circuitos priorizados que abarcan solo al 4,04% de los clientes. Entre ellos figuran hospitales estratégicos, los ocho sistemas principales de bombeo de agua, instalaciones turísticas, el aeropuerto y la Central Termoeléctrica Felton. El dato confirma algo que los cubanos llevan años denunciando: cuando la energía escasea, el régimen no protege por igual a la población, sino que selecciona a quién le garantiza el servicio y a quién deja a oscuras.

En Holguín, además, la crisis eléctrica ya está dañando la propia infraestructura. Tras largos apagones, cuando regresa la corriente, muchos usuarios conectan equipos al mismo tiempo, cargan baterías, ecoflows y motorinas, y esa demanda súbita termina sobrecargando transformadores. La empresa admitió que la capacidad de los tres talleres nacionales es insuficiente para atender la cantidad de averías y que hay casos en la provincia con más de un mes de interrupción por falta de repuestos.

El problema se agrava porque incluso los circuitos de bombeo de agua quedan atrapados en esa lógica de escasez. En momentos críticos del Sistema Electroenergético Nacional, la propia empresa apaga esos servicios para intentar cumplir con las pocas horas de corriente previstas para los barrios en turno. Eso deja a la población frente a una cadena de carencias: sin luz, sin agua y sin una solución estructural a la vista.

La situación en Holguín no es un episodio aislado, sino una expresión avanzada del colapso energético que atraviesa el oriente cubano y, en realidad, toda la Isla. Desde hace años, el discurso oficial insiste en explicaciones parciales, mientras la generación disponible cae, la red envejece y las termoeléctricas acumulan averías. El resultado es un país convertido en mosaico de apagones, donde cada provincia carga con un castigo distinto, pero todas comparten el mismo abandono.

El reconocimiento oficial llega pocos días después de que la propia Empresa Eléctrica de Holguín publicara y luego eliminara un comunicado en Telegram, fechado el 2 de junio, donde admitía solo tres horas de luz y la prioridad otorgada al turismo. Ese documento señalaba que el Despacho Nacional de Carga asignó a la provincia 60 MW, de los cuales 35 MW fueron destinados a objetivos vitales, 3 MW al polo turístico de Guardalavaca y apenas 22 MW a la rotación residencial y comercial. La eliminación posterior del mensaje no borró el problema, solo dejó en evidencia la incomodidad oficial frente a una verdad imposible de ocultar.

La cronología confirma que esta crisis no apareció de un día para otro. Desde marzo de 2026, Holguín ya funcionaba con esquemas que prometían apenas tres horas de servicio por turno. En abril, los apagones alcanzaron las 18 horas diarias. A finales de mayo, varios territorios reportaron cortes superiores a 24 horas consecutivas. La tendencia muestra un deterioro sostenido que el régimen intenta administrar con propaganda, pero que ya golpea de frente la vida de millones de cubanos.

Para los hogares, el impacto es inmediato y cruel. Cocinar, conservar alimentos, dormir, estudiar o trabajar se convierte en una negociación constante con la oscuridad. En una provincia con cientos de miles de clientes y una demanda muy por encima de la oferta, el sistema eléctrico dejó de ser un servicio público confiable y pasó a ser una herramienta de exclusión. Primero recibe el sector priorizado, luego el turismo, luego algunos enclaves estratégicos, y al final quedan las casas.

Holguín muestra, con cifras concretas, hasta qué punto el régimen ha normalizado el colapso. Tres horas de electricidad por cuarenta de apagón no describen solo una emergencia técnica. Describen un modelo agotado, una administración incapaz de responder y una población obligada a sobrevivir en condiciones cada vez más precarias. Mientras no cambie la estructura que ha llevado al país a este punto, la provincia seguirá atrapada en una oscuridad que ya no es provisional, sino política.

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