Una influencer cubana vinculada al discurso oficialista llamó «miserables» a activistas y los acusó de perjudicar a su propio pueblo, en una nueva muestra del tono confrontacional que el aparato propagandístico del régimen usa contra voces críticas. La publicación, difundida en redes sociales, se suma a una larga lista de ataques verbales contra opositores, defensores de derechos humanos y ciudadanos que han denunciado la crisis interna del país.
Aunque el mensaje se presenta como una opinión personal, el contenido encaja con una narrativa muy repetida por la maquinaria comunicacional del poder: convertir a los activistas en responsables del malestar social y desplazar la atención de las causas reales del deterioro nacional. En la práctica, ese discurso busca desacreditar a quienes señalan la falta de libertades, la persecución política, el colapso de servicios básicos y la ausencia de canales institucionales para el reclamo ciudadano.
El caso no es aislado. Durante años, el régimen cubano ha fomentado una cultura de estigmatización contra disidentes, periodistas independientes y voces críticas en redes. Bajo esa lógica, cualquier denuncia se convierte en “ataque”, cualquier reclamo en “campaña” y cualquier exigencia de derechos en un acto de traición. Esa estrategia no solo intenta aislar a los opositores, sino también sembrar miedo entre quienes pudieran sumarse a un debate público más abierto.
La figura de la influencer resulta útil para esa maquinaria porque permite que el mensaje oficial se presente con un rostro aparentemente espontáneo y cercano, aunque reproduzca exactamente los mismos argumentos del poder. En un entorno donde el control político sigue pesando sobre los medios estatales y la información circula con fuertes filtros, las redes sociales se han convertido en otro campo de batalla para imponer relatos y descalificar a los adversarios.
El problema de fondo no es una frase ofensiva aislada. Es el contexto en que aparece. En Cuba, los activistas que denuncian apagones, hambre, represión, falta de medicinas, migración masiva y precariedad cotidiana suelen ser acusados de trabajar contra la nación. Ese discurso, promovido desde estructuras cercanas al poder, intenta presentar la protesta social como una amenaza externa y no como el resultado directo de décadas de mala gestión, autoritarismo y ausencia de rendición de cuentas.
La ofensiva verbal contra activistas también revela el temor del régimen a la pérdida de control narrativo. Cada vez que ciudadanos comunes exponen en internet la escasez de alimentos, el deterioro de hospitales, la violencia policial o el éxodo desesperado, el oficialismo responde con etiquetas como “mercenarios”, “vendepatrias” o “miserables”. No se trata de debatir ideas, sino de degradar al mensajero para evitar que el mensaje gane legitimidad.
Ese patrón tiene consecuencias muy concretas. La deshumanización de quienes disienten prepara el terreno para la persecución, la censura y el castigo. En la isla, activistas y opositores han enfrentado detenciones arbitrarias, vigilancia, interrogatorios, multas y campañas de desprestigio. La hostilidad en redes no es un fenómeno menor: suele formar parte de una escalada más amplia de presión política y social.
Mientras tanto, el gobierno cubano sigue sin ofrecer soluciones de fondo a los problemas que alimentan el descontento. La inflación, el desabastecimiento, el colapso de servicios públicos y la migración han dejado a amplios sectores de la población en una situación de desgaste extremo. En ese escenario, culpar a los activistas por “perjudicar” al pueblo resulta una maniobra útil para desviar responsabilidades y blindar a quienes gobiernan sin aceptar críticas.
También es revelador que este tipo de mensajes surjan justo cuando la conversación pública sobre Cuba se ha ampliado gracias a las redes. A diferencia de décadas anteriores, el régimen ya no controla por completo el relato. Hoy convive con testimonios ciudadanos, denuncias de presos políticos, imágenes de barrios en ruinas y relatos de familias separadas por la emigración. Esa exposición obliga al oficialismo a reaccionar con más agresividad, porque cada vez le resulta más difícil sostener la versión de normalidad.
La influencer que lanzó el ataque no hace más que reflejar una forma de militancia digital alineada con el poder: defender al régimen atacando a quienes lo cuestionan. En apariencia, el mensaje busca patriotismo; en la práctica, sirve para justificar la intolerancia y perpetuar la idea de que el pueblo debe callar ante los abusos. Esa es precisamente una de las razones por las que el activismo sigue siendo incómodo para el sistema cubano.
Más allá de la polémica puntual, el episodio confirma que el debate sobre Cuba sigue atravesado por una batalla entre control y denuncia. Del lado del régimen, insulto, propaganda y deslegitimación. Del lado de los activistas, la insistencia en señalar una realidad que el poder intenta ocultar. Y mientras esa disputa continúe, cada ataque de este tipo terminará exponiendo más al sistema que a quienes intenta silenciar.




