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La droga desnuda la doble moral del castrismo
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La droga desnuda la doble moral del castrismo

28 min de lectura
Redacción LevántateCuba
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La discusión sobre el narcotráfico vuelve a colocar a Cuba bajo la lupa por una razón incómoda para el poder: mientras el régimen se presenta como víctima de la presión externa, arrastra cuestionamientos por su papel en redes ilícitas y por la opacidad con que maneja ese frente.

El narcotráfico ha vuelto a abrir una grieta en el discurso oficial del castrismo, que durante décadas ha intentado sostener una narrativa de pureza política frente a Estados Unidos y sus aliados. La nueva discusión no gira solo alrededor de delitos transnacionales, sino también sobre la imagen que La Habana ha construido para sí misma: un supuesto baluarte contra el crimen organizado mientras crecen las sospechas sobre tolerancia, complicidad o incapacidad para enfrentar esas redes dentro de la isla.

En un momento en que la economía cubana sigue en ruinas, la seguridad ciudadana se deteriora y la confianza pública en las instituciones se desploma, cualquier vínculo con el narcotráfico golpea de lleno al relato del régimen. No se trata de una anécdota aislada. Se trata de una acusación que alimenta la idea de que el aparato estatal cubano no solo ha fracasado en resolver los problemas del país, sino que también ha terminado por quedar atrapado en dinámicas criminales que contradicen su propaganda antimperialista.

Durante años, el poder en Cuba ha utilizado la confrontación con Washington como eje central de su legitimidad. La hostilidad hacia Estados Unidos ha servido para explicar la crisis interna, justificar el control político y presentar cualquier cuestionamiento externo como un intento de agresión. Sin embargo, cuando aparecen señalamientos sobre narcotráfico, esa estrategia pierde fuerza. La contradicción es evidente: un gobierno que se proclama defensor de la soberanía no puede sostener con credibilidad ese discurso si a la vez carga con denuncias sobre participación o permisividad frente a actividades ilícitas de alto impacto regional.

La referencia al informe del Departamento de Estado refuerza esa lectura desde la óptica de Washington, que desde hace años considera a Cuba un actor problemático en el tablero de amenazas asimétricas. Ese tipo de señalamientos no surgen en el vacío. Responden a una relación marcada por décadas de confrontación, espionaje, refugio a figuras hostiles a Estados Unidos y una política exterior diseñada para desafiar al adversario norteamericano incluso cuando la isla carece de capacidad real para sostener esa retórica. En ese contexto, el narcotráfico no aparece como un hecho marginal, sino como una pieza más de un engranaje político degradado.

La gravedad del asunto también radica en el efecto simbólico. El castrismo ha intentado presentarse durante mucho tiempo como una alternativa moral frente al caos de América Latina, al crimen organizado y a la supuesta decadencia del sistema político estadounidense. Pero cada vez que surgen elementos vinculados con redes ilícitas, esa pose se desmorona. El régimen queda expuesto como lo que realmente es: una estructura cerrada, sin controles efectivos, con una justicia subordinada al poder y con una transparencia prácticamente inexistente.

Ese deterioro institucional tiene consecuencias que van más allá del debate ideológico. En una isla donde la población enfrenta apagones, escasez, inflación y migración masiva, la sospecha de que el aparato estatal convive con economías ilegales agrava la sensación de abandono. Cuando el ciudadano percibe que el Estado no garantiza seguridad ni legalidad, el pacto social se rompe todavía más. Y cuando además ese mismo Estado pretende culpar a enemigos externos de todos sus males, la credibilidad oficial se erosiona con rapidez.

La insistencia del régimen en culpar a otros también revela una lógica conocida: negar responsabilidades, minimizar escándalos y envolver cualquier crisis en el lenguaje de la agresión extranjera. Pero esa fórmula se agota. El narcotráfico no es solo un problema policial. Es una señal de descomposición política. Y en Cuba, donde el poder ha convertido el secreto en método de gobierno, las sombras sobre ese tema pesan doblemente.

A ello se suma un factor histórico que no puede ignorarse. Desde los años más duros de la Guerra Fría, la maquinaria propagandística cubana usó la idea del enemigo externo para blindarse frente a las críticas. Ese guion sobrevivió a la caída soviética, al Periodo Especial y a cada ciclo de crisis interna. Sin embargo, el presente es distinto: la sociedad cubana está más conectada, más desengañada y más dispuesta a cuestionar la versión oficial. Por eso, cualquier mención al narcotráfico o a la connivencia con redes ilegales tiene hoy un impacto político mayor que en el pasado.

El problema para el castrismo no es solo reputacional. También es estratégico. Si el régimen quiere seguir vendiéndose como un actor responsable en la región, necesita demostrar que controla su territorio, que combate el crimen y que no protege a estructuras opacas dentro de sus propias filas. Pero mientras persista la falta de rendición de cuentas, esa credibilidad seguirá en duda. Y cada nuevo señalamiento alimentará la percepción de que la isla ha dejado de ser un ejemplo de seguridad y disciplina para convertirse en otro espacio vulnerable a la corrupción y al delito.

En última instancia, el narcotráfico termina por golpear uno de los pilares discursivos del régimen: su pretendida superioridad moral frente a Estados Unidos. Cuando la propaganda choca con la realidad, el antiamericanismo ya no alcanza para tapar el deterioro interno. La crisis cubana no se explica por la presión externa, sino por el modelo político que el castrismo ha defendido durante décadas. Y en esa ecuación, cada escándalo vinculado al crimen organizado añade un clavo más al ataúd de su relato.

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