Más de 27 millones de peruanos acudieron a las urnas el domingo 12 de abril para elegir su próximo presidente, el noveno que asume el cargo en apenas una década. La cifra de 35 candidatos refleja la fragmentación política que caracteriza al país andino, donde la volatilidad electoral se ha convertido en norma y no en excepción.
La convocatoria electoral en Perú ocurre en un contexto de profunda crisis institucional. La rotación presidencial acelerada —nueve mandatarios en diez años— evidencia la incapacidad de los gobiernos para completar sus períodos constitucionales o mantener legitimidad política. Algunos de estos presidentes enfrentaron renuncias forzadas, disoluciones del Congreso o procesos judiciales que truncaron sus administraciones. Esta inestabilidad ha erosionado la confianza ciudadana en las instituciones democráticas y generado un electorado fragmentado que busca constantemente alternativas políticas.
La proliferación de candidatos —35 en total— ilustra cómo la debilidad institucional peruana permite que múltiples actores políticos compitan sin consolidarse en estructuras partidarias sólidas. A diferencia de sistemas con partidos tradicionales arraigados, Perú experimenta la emergencia de movimientos políticos efímeros que capturan votos en elecciones específicas pero desaparecen o pierden relevancia en comicios posteriores. Este fenómeno refleja una desconexión profunda entre la clase política y las expectativas ciudadanas.
Para los ciudadanos peruanos, esta elección representa tanto esperanza como escepticismo. Millones de votantes acuden a las urnas esperando que el nuevo presidente aborde problemas estructurales: desigualdad económica, corrupción sistémica, violencia criminal y falta de servicios básicos en zonas rurales. Sin embargo, la historia reciente sugiere que ningún mandatario ha logrado implementar reformas duraderas antes de enfrentar crisis políticas que lo desestabilizan. La fatiga electoral es palpable en una población que ha visto fracasar repetidamente a sus líderes.
La conexión cubana con esta crisis peruana es instructiva. Mientras Cuba mantiene un régimen monolítico donde la sucesión presidencial ocurre sin elecciones competitivas —Miguel Díaz-Canel heredó el poder de Raúl Castro en 2021 sin votación popular—, Perú experimenta el extremo opuesto: una democracia electoral tan inestable que genera nueve presidentes en una década. Ambos modelos fracasan en proporcionar gobernanza efectiva. Cuba sacrifica libertad política por estabilidad institucional; Perú ofrece elecciones pero sin instituciones que resistan. Para la diáspora cubana en el exilio, el caso peruano ilustra que la democracia electoral sin instituciones fuertes tampoco garantiza progreso.
La comunidad internacional observa estos comicios con preocupación. Organismos multilaterales y gobiernos democráticos han expresado inquietud sobre la capacidad del próximo presidente peruano para gobernar efectivamente dado el Congreso fragmentado y la polarización política. La región andina enfrenta desafíos de seguridad, narcotráfico y migración que requieren liderazgo estable; la inestabilidad peruana afecta a países vecinos incluyendo Bolivia, Ecuador y Colombia.
Lo que ocurra en Perú en los próximos meses determinará si el país puede romper el ciclo de presidentes fallidos o si continuará la rotación acelerada que ha caracterizado la última década. La pregunta que resuena no es quién ganó, sino si alguien puede gobernar.




