Bernardo Espinosa ha puesto en evidencia una realidad que el régimen cubano prefiere mantener en la penumbra: la dependencia casi total del petróleo ruso para mantener funcionando las plantas generadoras de electricidad que alimentan la isla. Su observación sobre la visible iluminación en Cuba directamente vinculada a los suministros de crudo desde Moscú expone una verdad incómoda que trasciende los comunicados oficiales del gobierno de Miguel Díaz-Canel.
La crisis energética que ha azotado Cuba durante más de dos años ha dejado a millones de ciudadanos sumidos en apagones diarios que alcanzan hasta 16 horas consecutivas. Las plantas termoeléctricas que generan la mayor parte de la electricidad de la isla requieren combustible constante, y con las sanciones estadounidenses bloqueando el acceso a mercados tradicionales, Rusia se convirtió en el proveedor de facto del régimen. Cuando llegan los buques cisterna con petróleo ruso, la diferencia es inmediata: las luces vuelven, los refrigeradores funcionan, los hospitales recuperan estabilidad. Cuando los suministros se retrasan, la oscuridad regresa con ferocidad.
Espinosa señala algo que los satélites de observación terrestre han documentado durante meses: las imágenes nocturnas de Cuba muestran patrones de iluminación que fluctúan directamente con los ciclos de entrega de petróleo ruso. No es coincidencia. Es la fotografía de una economía en colapso sostenida artificialmente por la voluntad de una potencia extranjera. Cuando Moscú envía crudo, Cuba brilla. Cuando los envíos se demoran, la isla desaparece en la oscuridad. Es un mecanismo de control geopolítico tan visible como brutal.
La dependencia energética de Cuba respecto a Rusia no es nueva, pero su intensidad actual es sin precedentes en la historia moderna de la isla. Durante décadas, la Unión Soviética fue el padrino económico de la revolución cubana, suministrando petróleo subsidiado que permitía al régimen mantener su modelo de estado de bienestar socialista. Cuando la URSS colapsó en 1991, Cuba enfrentó el "Período Especial", una década de hambre, apagones y crisis humanitaria. Ahora, 35 años después, el régimen ha vuelto a caer en la misma trampa: depender de un único proveedor externo para su supervivencia energética.
La diferencia es que en los años 90, Cuba al menos tenía acceso a mercados alternativos y podía importar petróleo de Venezuela, México y otros proveedores. Hoy, con las sanciones estadounidenses más estrictas que nunca bajo la administración Trump, y con Venezuela en su propio colapso económico, Rusia es prácticamente la única opción. El régimen ha apostado su estabilidad política a la continuidad de estos suministros, sabiendo que cualquier interrupción significativa desencadenaría protestas masivas como las del 11 de julio de 2021, cuando miles de cubanos salieron a las calles gritando "Patria y Vida" en demanda de cambio político y mejoras económicas.
La observación de Espinosa también revela la fragilidad de la narrativa oficial del gobierno cubano. Las autoridades de La Habana han intentado presentar los apagones como resultado de "sabotaje imperialista" y "bloqueo estadounidense", minimizando su responsabilidad en la gestión desastrosa de la infraestructura energética. Pero cuando la iluminación depende visiblemente de los envíos de petróleo ruso, la culpa no puede atribuirse únicamente a Washington. El régimen ha invertido décadas en mantener plantas generadoras obsoletas, ha desmantelado proyectos de energía renovable, ha permitido la corrupción en el sector energético y ha priorizado el gasto militar sobre la modernización de la red eléctrica.
Para los cubanos dentro de la isla, esta realidad tiene consecuencias cotidianas devastadoras. Los apagones afectan la producción agrícola, cierran negocios privados, interrumpen servicios de salud, impiden que los estudiantes estudien después del atardecer y generan una sensación de abandono estatal. Las familias que tienen acceso a generadores diésel privados pueden mantener un mínimo de normalidad, pero la mayoría de la población depende de la red pública. Para la diáspora cubana en Miami y otras ciudades estadounidenses, la noticia de Espinosa confirma lo que llevan años denunciando: que el régimen está literalmente en la oscuridad sin la ayuda extranjera, incapaz de resolver sus propios problemas.
La dependencia de Rusia también tiene implicaciones geopolíticas más amplias. Moscú utiliza sus suministros de petróleo como herramienta de influencia política, asegurando que Cuba mantenga su alineamiento con Rusia en organismos internacionales y que continúe siendo un bastión de resistencia contra la influencia estadounidense en el hemisferio occidental. Cada barco cisterna que llega a puertos cubanos es un recordatorio de que el régimen de Díaz-Canel no tiene autonomía real, sino que está atrapado en una relación de dependencia con Moscú tan profunda como lo fue con la Unión Soviética hace tres décadas.
La administración Trump, con Marco Rubio como Secretario de Estado, ha señalado su intención de aumentar la presión sobre Cuba mediante sanciones más estrictas. Si Washington logra interrumpir los suministros de petróleo ruso hacia la isla, ya sea mediante sanciones secundarias contra buques cisterna o presión diplomática sobre Moscú, el resultado sería una crisis energética aún más severa que la actual. Esto podría desencadenar un escenario de inestabilidad política que el régimen no podría controlar, especialmente considerando que ya hay más de 1,000 presos políticos en cárceles cubanas y una sociedad civil cada vez más organizada en la clandestinidad.
La revelación de Espinosa también subraya la importancia de la transparencia en asuntos de seguridad energética nacional. Un gobierno que no puede ser honesto sobre sus fuentes de energía, que oculta su dependencia de proveedores extranjeros y que culpa a terceros por sus propias deficiencias, no merece la confianza de su población. La iluminación que Espinosa observa en Cuba no es un logro del régimen, sino una concesión temporal de Rusia, revocable en cualquier momento según los intereses geopolíticos de Moscú.
Para Cuba, la pregunta fundamental que emerge de esta observación es si el régimen tiene algún plan real para alcanzar la independencia energética, o si simplemente espera que Rusia continúe siendo su salvavidas indefinidamente. La historia sugiere que apostar la supervivencia política a un único proveedor externo es una estrategia condenada al fracaso. Cuba necesita diversificar sus fuentes de energía, invertir en renovables, modernizar su infraestructura y, sobre todo, permitir que la iniciativa privada y la innovación tecnológica jueguen un papel en la solución de la crisis. Mientras tanto, cada noche que Cuba brilla es porque Rusia lo permite, no porque el régimen haya resuelto sus problemas.




