Víctor Tornés, figura emblemática del béisbol granmense durante décadas, enfrenta hoy una batalla que trasciende el terreno de juego: la supervivencia en medio del abandono estatal tras sufrir un infarto cerebral que lo dejó postrado y sin acceso a atención médica adecuada.
El pelotero, cuya carrera marcó generaciones en las provincias orientales de Cuba, representa una realidad silenciada por el régimen: la vulnerabilidad extrema de los atletas que construyeron la identidad deportiva nacional. Mientras el gobierno cubano promociona internacionalmente sus logros beisboleros, figuras como Tornés languidecer en la pobreza sin recibir pensiones dignas ni asistencia sanitaria, a pesar de haber dedicado su vida al deporte que el Estado convirtió en símbolo de la Revolución.
La situación de Tornés no es aislada. Refleja un patrón sistemático en Cuba donde los deportistas jubilados, especialmente aquellos que no alcanzaron fama internacional, quedan excluidos de cualquier red de protección social. El infarto cerebral que sufrió lo incapacitó para trabajar, pero el sistema de pensiones cubano—ya colapsado por la crisis económica que atraviesa la isla desde hace más de dos años—no ofrece alternativas viables. Su familia enfrenta gastos médicos que superan ampliamente los ingresos disponibles en una economía donde el salario promedio no alcanza para cubrir necesidades básicas.
Esta tragedia personal adquiere dimensión política cuando se considera el contraste entre la retórica oficial y la realidad cotidiana. Cuba promociona su modelo deportivo como ejemplo de justicia social, pero abandona a quienes lo construyeron. El régimen invierte recursos en competiciones internacionales mientras sus propios héroes deportivos mueren en la indigencia. Tornés necesita atención neurológica especializada, medicamentos y cuidados paliativos que simplemente no existen en el sistema de salud cubano actual, devastado por la falta de divisas y el bloqueo de importaciones médicas.
La diáspora cubana, particularmente en Miami donde reside una comunidad de exiliados con capacidad económica, ha comenzado a movilizarse para ayudar a figuras deportivas abandonadas en la isla. Casos como el de Tornés generan presión sobre familiares en el exterior para que envíen remesas destinadas a atención médica privada, una solución que perpetúa la desigualdad: solo aquellos con conexiones internacionales pueden acceder a tratamiento. Los cubanos sin familia en el exilio simplemente mueren.
La historia de Víctor Tornés es también la historia de miles de atletas cubanos cuyas contribuciones al deporte nacional fueron explotadas por un sistema que los descartó una vez dejaron de ser productivos. Su infarto cerebral no es solo una tragedia médica: es el síntoma de un colapso social donde el Estado ha renunciado a sus responsabilidades más básicas con quienes construyeron su legitimidad internacional.
La pregunta que queda sin respuesta es incómoda para La Habana: ¿cuántos Víctor Tornés más morirán en el abandono antes de que el régimen reconozca que su modelo de justicia social fue siempre una ficción propagandística?




