En marzo de 2026, el reparto Zamora de La Habana se convirtió en escenario de una rebelión que contradice años de narrativa sobre la pasividad de sus habitantes. Lo que comenzó como críticas veladas hacia un barrio acusado de indiferencia durante las protestas del 11 de julio de 2021 ha mutado en confrontación directa contra el régimen.
Los vecinos del Zamora rechazaban públicamente la caracterización que los perseguía: la de ser un barrio de "guapos que no hacían nada", aquellos que supuestamente se limitaron a escuchar música y consumir cerveza mientras otros se movilizaban. Esa narrativa, que circuló durante años en redes sociales y conversaciones privadas, pesaba como estigma sobre la comunidad. Ahora, según reportes de ElToque, esa misma población grita consignas que desafían el silencio impuesto: "deja eso", "se acabó el abuso". Las palabras no son casuales. Representan un quiebre con la apatía que les fue atribuida.
La movilización en Zamora refleja un cambio en la temperatura política de La Habana. Mientras el régimen enfrenta su tercera crisis energética consecutiva con apagones que alcanzan 16 horas diarias, barrios que permanecieron relativamente quietos durante 2021 y 2022 ahora se animan a protestar. El Zamora, ubicado en la periferia habanera, históricamente ha sido un territorio donde la represión policial es más visible y donde la presencia de estructuras de control comunitario es más densa. Que precisamente ese espacio se convierta en foco de resistencia sugiere que las grietas en el control social se expanden más allá de las zonas tradicionales de disidencia.
La rebelión de marzo en Zamora no es un evento aislado, sino síntoma de un agotamiento acumulado. Después de más de dos años de crisis energética sin solución, con salarios que no alcanzan para comprar alimentos básicos y con más de mil presos políticos en cárceles cubanas, la paciencia de sectores que antes se mantenían al margen se agota. Los vecinos que fueron tachados de indiferentes ahora enfrentan la misma represión que otros cubanos experimentan, pero con la diferencia de que lo hacen desde un lugar de mayor vulnerabilidad social.
Para los cubanos dentro de la isla, especialmente en barrios periféricos como Zamora, esta movilización representa una validación de que la resistencia no es patrimonio de élites urbanas o intelectuales. Es un movimiento que surge desde la base, desde quienes cargan con el peso de ser estigmatizados por no haber protestado antes. Para la diáspora cubana en Miami y otras ciudades, el Zamora se convierte en símbolo de que el descontento permea todas las capas sociales, incluso aquellas que parecían resignadas. La narrativa de que "solo algunos barrios protestan" se desmorona cuando la periferia se levanta.
A nivel internacional, la emergencia de nuevos focos de resistencia en Cuba llama la atención de organizaciones de derechos humanos y gobiernos que monitorean la situación en la isla. La administración Trump, con Marco Rubio como Secretario de Estado, ha mantenido una postura crítica hacia el régimen de Díaz-Canel. Aunque no hay indicios de que Washington intervenga directamente, la expansión de protestas en barrios como Zamora refuerza el argumento de que la represión del régimen genera más descontento, no menos.
Lo que ocurre en Zamora en marzo de 2026 es un recordatorio de que la resistencia cubana no sigue un guión predecible. Emerge donde menos se espera, desde voces que fueron silenciadas por la crítica, desde espacios que parecían dormidos. El régimen que durante años utilizó la narrativa de la "apatía del Zamora" como prueba de que la mayoría apoyaba el sistema, ahora enfrenta a esos mismos vecinos gritando que "se acabó el abuso". La frontera entre la luz y la sombra en La Habana se redibuja cada día, y Zamora ya no está del lado del silencio.




