Las imágenes de calles destruidas en La Habana volvieron a encender el malestar de muchos cubanos, que ya no encuentran en el deterioro urbano una sorpresa, sino una confirmación más del abandono. La frase con la que algunos describen la escena, “y eso que no ha pasado un terremoto”, resume con crudeza la sensación de vivir en una ciudad donde el desgaste avanza sin que haya una respuesta visible del poder.
En distintos puntos de la capital, el mal estado de las vías se ha convertido en parte del paisaje diario. Baches profundos, tramos levantados, aceras rotas y basura acumulada dibujan una ciudad golpeada por años de descuido. Para muchos habitantes, el problema ya no es solo estético o de incomodidad: afecta la movilidad, daña vehículos, dificulta el tránsito peatonal y agrava la vulnerabilidad de barrios enteros.
La Habana, que durante décadas fue presentada por la propaganda oficial como una vitrina del país, muestra desde hace años signos cada vez más claros de desgaste estructural. El deterioro no se limita a una calle o a un barrio. Se extiende a redes de agua, alcantarillado, edificaciones, transporte y alumbrado, en un escenario donde la falta de mantenimiento se mezcla con la escasez de materiales, la crisis económica y la incapacidad del régimen para sostener servicios básicos.
La queja ciudadana ha dejado de sonar excepcional. En redes sociales y conversaciones cotidianas, los cubanos repiten con frecuencia que ya no basta con sortear huecos o esquivar escombros, porque la destrucción parece haberse normalizado. Esa resignación, sin embargo, convive con la molestia de ver cómo se anuncian soluciones parciales o reparaciones puntuales mientras las calles continúan hundiéndose en el abandono.
El contraste entre la realidad urbana y el discurso oficial es cada vez más evidente. Mientras el régimen insiste en exhibir una supuesta capacidad de gestión, la vida cotidiana en la capital demuestra otra cosa. Las brigadas de reparación aparecen de forma esporádica y muchas veces las obras quedan a medias, sin continuidad ni resultados duraderos. El problema no es nuevo, pero sí más visible, porque la degradación acumulada ya no puede ocultarse detrás de eslóganes ni campañas propagandísticas.
En barrios donde la infraestructura lleva años sin una intervención seria, el deterioro de las calles también afecta otras dimensiones de la vida diaria. Cuando una vía está destrozada, el acceso de ambulancias, carros de reparto o transporte público se complica. Si además hay baches, aguas albañales o zonas sin drenaje, el riesgo sanitario crece. Lo que comienza como una calle rota termina convertido en un síntoma de un sistema urbano colapsado.
La situación también expone la desigualdad dentro de la propia capital. Hay zonas donde el régimen prioriza reparaciones visibles, generalmente en áreas de mayor interés político o turístico, mientras otros barrios quedan a merced del tiempo y la improvisación. Esa selección refuerza la idea de que no existe una política integral para recuperar la ciudad, sino respuestas aisladas y desiguales que no resuelven el fondo del problema.
La crisis de infraestructura en La Habana no puede separarse del deterioro general del país. Años de mala administración, centralización extrema, falta de inversión sostenida y ausencia de rendición de cuentas han dejado a la capital en un estado de fragilidad permanente. Cada calle rota es también una señal de cómo el régimen ha sido incapaz de preservar lo más básico: espacios transitables, servicios estables y condiciones mínimas de vida.
Para el cubano de a pie, el impacto es inmediato. Salir de casa implica caminar entre ruinas, bordear peligros y asumir que cualquier trayecto puede convertirse en un problema. Quien vive en la capital conoce bien la escena: charcos donde debería haber asfalto, tierra donde antes había acera y montículos de escombros que obligan a improvisar rutas. La ciudad se vuelve más hostil para niños, ancianos y trabajadores que dependen de moverse cada día.
El mensaje que dejan estas calles destruidas es incómodo para el poder, porque contradice la imagen de control que intenta proyectar. No se trata solo de una falla técnica ni de un episodio aislado, sino del resultado de una larga cadena de abandono institucional. La Habana está mostrando, con su propio cuerpo urbano, las consecuencias de un modelo que prioriza el discurso por encima del mantenimiento y la propaganda por encima de la solución.
Mientras el régimen no asuma la magnitud del colapso y siga respondiendo con parches, la capital continuará degradándose a la vista de todos. Y cada nuevo tramo roto servirá como recordatorio de una verdad que los cubanos conocen demasiado bien: no hace falta un terremoto para ver una ciudad en ruinas cuando el abandono lleva años haciendo el trabajo.




