El dólar y el euro subieron otra vez en el mercado informal cubano, un termómetro que desde hace meses refleja con más precisión que cualquier parte oficial el estado real de la economía en la isla. La nueva escalada confirma que la moneda nacional sigue perdiendo terreno frente a las divisas fuertes, mientras la población intenta sobrevivir entre precios disparados, escasez crónica y salarios que no alcanzan ni para cubrir lo básico.
En Cuba, la cotización informal del dólar y del euro se ha convertido en una referencia obligada para casi todo: desde la compra de alimentos hasta la fijación de precios en negocios privados, el cálculo de remesas y la venta de productos importados. Aunque el gobierno insiste en mostrar una narrativa de control, la realidad cotidiana demuestra que el mercado paralelo sigue marcando el pulso económico del país mucho más que las tasas oficiales.
La subida de estas monedas no ocurre en el vacío. Responde a una combinación de factores que el régimen cubano no ha logrado corregir: falta de divisas, caída del poder adquisitivo, desconfianza en el peso cubano y una oferta insuficiente de bienes y servicios. A eso se suma la incapacidad del aparato económico estatal para generar estabilidad, atraer inversión y ofrecer mecanismos transparentes de cambio que reduzcan la dependencia del mercado negro.
Para el cubano común, cada aumento del dólar o del euro se traduce en una nueva pérdida. Quien recibe remesas ve cómo el dinero alcanza menos. Quien compra en tiendas que operan con divisas se enfrenta a costos cada vez más altos. Y quien cobra en pesos cubanos queda atrapado en una brecha que se ensancha día tras día entre ingresos y necesidades reales. El resultado es previsible: más desigualdad, más informalidad y más presión sobre quienes dependen únicamente de un salario estatal.
La situación también golpea al pequeño emprendedor, a trabajadores por cuenta propia y a familias que intentan sostener cualquier actividad económica en medio de la incertidumbre. Muchos productos se fijan de hecho en dólares, aunque el pago final se haga en pesos al tipo de cambio informal. Esa práctica empuja los precios hacia arriba y convierte la moneda estadounidense y el euro en instrumentos de referencia para una economía que el Estado ya no controla de forma efectiva.
El gobierno cubano ha intentado en distintos momentos ordenar el mercado cambiario, pero cada anuncio ha terminado chocando con la misma pared: falta de confianza. Sin acceso suficiente a divisas, sin una banca capaz de responder a la demanda real y sin un sistema de precios coherente, las autoridades han dejado crecer un circuito paralelo que hoy opera con sus propias reglas. El resultado es una economía dual donde el discurso oficial y la vida cotidiana transitan por carriles distintos.
Esa brecha también tiene una dimensión política. Cada vez que el peso se hunde, queda en evidencia el fracaso del modelo impuesto por el régimen, que durante años prometió estabilidad, soberanía monetaria y protección social, pero terminó empujando a millones de cubanos a depender del dólar, del euro o de cualquier otra moneda dura para poder comprar lo esencial. Lo que antes era una señal de excepción hoy se ha normalizado como parte del día a día.
La subida del euro acompaña además el proceso de dolarización parcial que vive la isla, visible en tiendas, servicios y operaciones privadas donde la moneda extranjera se impone como referencia real. Ese fenómeno no solo revela la fragilidad del peso cubano, sino también la incapacidad del poder para restaurar confianza en el sistema monetario. Mientras el Estado no resuelva el desbalance productivo y la falta de transparencia, el mercado informal seguirá dictando las reglas.
En las calles, la pregunta es siempre la misma: cuánto vale hoy el dólar, cuánto vale hoy el euro y cuánto durará esa cifra antes de volver a cambiar. Detrás de esa consulta cotidiana hay una verdad más dura: cada nueva subida confirma que el cubano vive dentro de una economía rota, administrada por un régimen que no ofrece soluciones y que ha convertido la crisis en rutina.
Si la tendencia continúa, la presión sobre los hogares será todavía mayor en los próximos días. Y mientras el gobierno siga sin corregir las causas de fondo, el mercado informal seguirá adelantándose a todas sus promesas, dejando al descubierto una economía donde la devaluación ya no es un accidente, sino una forma de vida.




