Una empresa mixta de Cuba y China comenzará a operar en el Vedado con una oferta que incluye paneles solares, alimentos y otros productos comercializados en dólares, en otro signo de la dolarización parcial que el propio aparato económico cubano ha ido ampliando sin resolver las necesidades básicas de la población.
La ubicación no es menor. El Vedado, uno de los barrios más céntricos y visibles de La Habana, suele funcionar como escaparate de decisiones económicas que luego revelan, con crudeza, la distancia entre la propaganda oficial y la vida cotidiana de la mayoría de los cubanos. Allí donde el discurso gubernamental promete “resistencia” y “equidad”, la práctica vuelve a separar a quienes tienen acceso a divisas de quienes dependen de salarios en pesos cada vez más devaluados.
La presencia de capital chino en este tipo de iniciativas tampoco es un detalle anecdótico. Durante años, Pekín ha sido presentado por la narrativa oficial como un socio estratégico, pero en la calle lo que pesa es otra realidad: la entrada de proyectos de inversión o comercio no se traduce en un alivio general para el cubano común. En lugar de dinamizar el mercado interno de manera amplia, estas fórmulas suelen concentrarse en circuitos selectivos, con precios fuera del alcance de la mayoría.
La venta de paneles solares añade otra capa de lectura. Cuba vive desde hace años una crisis energética severa, marcada por apagones prolongados, falta de mantenimiento en el sistema eléctrico y dependencia tecnológica que el régimen no ha logrado revertir. En ese contexto, la comercialización de soluciones energéticas en dólares puede parecer una respuesta a una necesidad real, pero también expone cómo el acceso a una salida parcial frente a los apagones queda condicionado por la capacidad de pago, no por una política pública universal.
Lo mismo ocurre con los alimentos. El país arrastra una escasez crónica, mercados desabastecidos y una inflación que pulveriza el ingreso de trabajadores, jubilados y familias que sobreviven con remesas ocasionales. Que una empresa mixta ofrezca comida en dólares en pleno corazón de La Habana refuerza la lógica de un sistema donde el Estado, incapaz de garantizar abastecimiento estable, habilita espacios para que la desigualdad se convierta en norma.
La escena también retrata el fracaso de décadas de centralización económica. El régimen ha insistido en controlar casi todos los resortes de la producción, distribución e importación, mientras culpa a factores externos de una crisis que tiene causas internas profundas: ineficiencia, falta de transparencia, corrupción, planificación fallida y ausencia de incentivos reales para producir. Cada nuevo espacio dolarizado termina funcionando como parche, no como solución.
El problema no es solo que se vendan productos en moneda extranjera. El problema es que el Estado cubano ha construido una economía dual donde una parte minoritaria de la población accede a divisas y otra queda confinada a una moneda nacional cada vez más castigada. Ese diseño no elimina la pobreza: la organiza. No corrige la escasez: la administra. No resuelve la crisis: la vuelve rentable para unos pocos.
En la práctica, la apertura de este negocio en el Vedado confirma una tendencia que ya se ha extendido por toda la isla: la dolarización selectiva de sectores clave, desde los alimentos hasta los bienes duraderos, pasando por servicios y tiendas que operan al margen de la capacidad adquisitiva real de la mayoría. El resultado es un país donde conseguir productos básicos depende cada vez más del acceso a remesas, del mercado informal o de la entrada en divisas.
La Habana intenta presentar estas aperturas como señales de modernización o de recuperación económica, pero el contraste con la realidad social es demasiado evidente. No hay modernización posible cuando los salarios no alcanzan para cubrir lo elemental. No hay recuperación cuando los jóvenes siguen emigrando, las familias dependen de envíos desde el exterior y el sistema energético colapsa con frecuencia. No hay prosperidad cuando el acceso a alimentos y tecnología se convierte en privilegio.
El negocio en el Vedado, más que una noticia aislada, es una postal del modelo que el régimen cubano ha consolidado: una economía fragmentada, dependiente del dólar y sostenida por enclaves que excluyen a la mayoría. Mientras el discurso oficial habla de soberanía, la vida diaria muestra otra cosa: dependencia, desigualdad y un país cada vez más partido en dos.




