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GAESA y el derrumbe del poder militar
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GAESA y el derrumbe del poder militar

27 min de lectura
Redacción LevántateCuba
Fuerzas armadasRégimen cubanoEconomía cubana
El conglomerado de empresas controlado por las Fuerzas Armadas cubanas ha sido durante años una pieza clave del aparato económico del régimen. Su peso en sectores estratégicos explica por qué cualquier fisura en su estructura tiene implicaciones políticas más allá de los balances financieros.

GAESA ha operado durante años como una caja negra del poder en Cuba. Su nombre aparece una y otra vez cuando se habla de hoteles, comercio, importaciones, finanzas y de la red empresarial que sostiene a la cúpula militar. En un país donde casi nada relevante ocurre fuera del control político, ese conglomerado ha sido mucho más que un grupo de compañías: ha funcionado como un brazo económico del régimen y, al mismo tiempo, como una fuente de recursos para blindar su permanencia.

La relevancia de GAESA no se entiende solo por el dinero que administra, sino por la forma en que concentra decisiones, privilegios y acceso a divisas en una economía devastada. Mientras la población enfrenta escasez, inflación, apagones y salarios que se evaporan, la estructura militar mantiene espacios de poder con una lógica distinta al resto del país. Esa dualidad ha marcado la vida cubana durante décadas: un aparato estatal que exige sacrificios al ciudadano común y, al mismo tiempo, protege a un entramado empresarial opaco ligado a la élite castrense.

La propia existencia de un conglomerado de ese tamaño confirma una realidad conocida dentro y fuera de la isla: en Cuba, el poder político y el poder económico no están separados. Se alimentan entre sí. Las Fuerzas Armadas no solo controlan la seguridad interna y la disciplina social, sino también una parte decisiva de la actividad económica. Esa combinación ha permitido sostener un modelo en el que el control sobre los recursos importa tanto como la represión abierta. GAESA ha sido una herramienta para ambos objetivos.

A lo largo de los años, esa maquinaria ha servido para financiar la supervivencia del sistema en momentos de crisis, canalizar ingresos por vías cerradas al escrutinio público y garantizar que los sectores más sensibles permanezcan bajo mando militar. El resultado es una economía donde la transparencia es mínima y la rendición de cuentas, prácticamente inexistente. En cualquier democracia, un conglomerado con esas características estaría sometido a auditorías, controles parlamentarios y supervisión ciudadana. En Cuba, en cambio, funciona como una extensión del poder sin supervisión real.

Por eso, cuando se habla de una posible etapa culminante de GAESA, la discusión no se limita a una empresa o a un grupo de empresas. Lo que está en juego es el corazón financiero de un sistema diseñado para concentrar beneficios arriba y trasladar costos abajo. Si ese engranaje muestra señales de desgaste, la fragilidad no sería solo contable. También sería política. El régimen ha dependido de esa red para sostener lealtades, administrar escasez y preservar su capacidad de control en medio del deterioro económico.

La historia reciente de Cuba muestra que cada crisis económica termina golpeando al ciudadano de a pie, no a la estructura de poder que la provocó. El régimen ha recurrido una y otra vez al mismo libreto: culpar a factores externos, pedir paciencia, anunciar ajustes parciales y mantener intacto el núcleo que concentra la riqueza y la autoridad. GAESA encaja perfectamente en ese esquema. Su peso dentro del sistema ayuda a explicar por qué la isla no avanza hacia una economía abierta ni hacia un mínimo de transparencia institucional.

También explica la resistencia del poder a cualquier reforma que limite la influencia militar sobre la economía. Reducir la opacidad de ese conglomerado implicaría tocar intereses muy sensibles dentro del aparato gobernante. No se trata solo de negocios; se trata de control político. Mientras más recursos maneje la cúpula, más capacidad tiene de administrar fidelidades, premiar obediencias y castigar disidencias. Ese es uno de los pilares que ha sostenido al régimen en momentos en que la legitimidad social se ha erosionado.

Para los cubanos, el problema no es abstracto. La concentración de poder económico en manos militares tiene efectos visibles en la vida diaria. Cuando el dinero se orienta a proteger privilegios en vez de resolver necesidades básicas, el resultado es una sociedad más empobrecida y más dependiente. Cuando los sectores productivos están subordinados a estructuras cerradas, la inversión se distorsiona, la eficiencia cae y la corrupción encuentra terreno fértil. Todo eso termina en colas, desabastecimiento, apagones y desesperanza.

GAESA simboliza precisamente esa forma de gobernar. No es un accidente del sistema, sino una de sus expresiones más acabadas. Su peso dentro del aparato estatal ayuda a entender por qué las promesas de reformas suelen quedarse en anuncios y por qué la crisis cubana se repite con distintos rostros pero con la misma raíz. Mientras el poder siga concentrado en estructuras militares y opacas, el país seguirá pagando el costo de una arquitectura pensada para sostener al régimen, no para servir al pueblo.

Si el conglomerado entra en una fase de debilitamiento, el impacto podría sentirse en toda la cadena de control que ha mantenido al castrismo durante años. Pero la verdadera pregunta no es solo qué pasará con GAESA, sino qué ocurrirá con un sistema que ha descansado tanto tiempo sobre sus tentáculos. La respuesta dirá mucho sobre la capacidad del régimen para seguir administrando la ruina o sobre el inicio de un desgaste más profundo de su poder.

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