Santiago de Cuba volvió a mostrar este inicio de verano una postal ya conocida: oscuridad en buena parte de la ciudad y luces encendidas en una de sus arterias más visibles para intentar proyectar normalidad. La calle Enramadas, uno de los corredores comerciales y peatonales más emblemáticos de la urbe, apareció como escenario de celebración mientras en los barrios la población sigue enfrentando cortes eléctricos prolongados y una rutina marcada por la incertidumbre.
La escena resume una contradicción que se repite en Cuba. El aparato oficial insiste en presentar actos, jornadas recreativas y campañas simbólicas como si el país pudiera sostener una vida pública estable, pero la realidad cotidiana se impone en forma de apagones, escasez y deterioro de los servicios básicos. En Santiago de Cuba, esa distancia entre el discurso y la experiencia diaria se percibe con especial crudeza porque el sistema eléctrico arrastra años de falta de mantenimiento, envejecimiento técnico y una crisis que el régimen no ha logrado resolver.
Enramadas se ha convertido en una vitrina donde las autoridades locales intentan mostrar movimiento, consumo y ambiente festivo. Pero esa puesta en escena contrasta con la vida fuera de esa franja iluminada, donde familias enteras organizan la comida, el descanso y hasta la posibilidad de estudiar o trabajar en función de cuánto dure la electricidad. Para muchos santiagueros, el problema no es solo la ausencia de corriente, sino la sensación de abandono institucional que acompaña cada corte y cada explicación oficial repetida hasta el cansancio.
La crisis energética cubana no surgió de un día para otro. Durante años, el sistema ha operado con plantas termoeléctricas obsoletas, falta de inversión real y dependencia de combustibles que llegan tarde o no llegan. A eso se suma una gestión estatal incapaz de priorizar soluciones sostenibles y transparente, pues los anuncios sobre recuperación o estabilidad rara vez se traducen en mejoras perceptibles para la población. El resultado es una red eléctrica frágil, sometida a averías constantes y a una demanda que supera ampliamente la capacidad de generación.
En Santiago de Cuba, esa fragilidad tiene consecuencias directas sobre la vida diaria. Los apagones afectan el almacenamiento de alimentos, el funcionamiento de servicios médicos y el descanso de niños y ancianos, además de complicar el transporte, la comunicación y la seguridad en la noche. Cada corte prolongado obliga a improvisar, a depender de velas, baterías, plantas eléctricas privadas o simplemente a esperar. Esa espera, repetida por años, ha terminado por normalizar lo que en cualquier país sería considerado una emergencia prolongada.
Frente a ese panorama, el énfasis en “celebrar” el inicio del verano en una calle céntrica adquiere un tono casi ofensivo. No porque la ciudad no necesite espacios públicos de encuentro, sino porque el gesto oficial elude el problema principal. Encender Enramadas no significa iluminar Santiago. Tampoco mejora la calidad del servicio eléctrico, ni reduce el malestar de quienes pasan noches enteras a oscuras. Es, más bien, una operación visual: una forma de mostrar un punto brillante para ocultar el resto del mapa.
La estrategia no es nueva. El régimen cubano ha recurrido durante décadas a actos públicos, desfiles, festivales y campañas de movilización para amortiguar el impacto político de sus fracasos administrativos. Cuando la economía se hunde, se habla de resistencia; cuando faltan medicinas, se promete reorganización; cuando colapsa la electricidad, se organizan inauguraciones o jornadas culturales. El problema es que la gente ya no mide la realidad por consignas, sino por si puede cocinar, dormir o conservar lo poco que tiene.
Santiago de Cuba, una ciudad con peso histórico y simbólico dentro de la isla, conoce bien esa tensión entre propaganda y realidad. Ha sido usada por el poder como emblema de identidad revolucionaria, pero sus barrios también acumulan décadas de carencias estructurales. Hoy, la diferencia entre la postal oficial y la vida real es todavía más visible porque el deterioro ha alcanzado un nivel que ya no puede maquillarse con actos festivos.
La iluminación de Enramadas, en ese sentido, no debe leerse como una muestra de recuperación, sino como un síntoma de prioridades distorsionadas. Mientras se invierte energía política en sostener una apariencia de normalidad, los santiagueros continúan lidiando con una crisis que no es accidental ni coyuntural. Es el resultado de un modelo agotado que ha dejado a la población a merced de apagones, promesas vacías y soluciones parciales.
Lo que ocurre en Santiago de Cuba refleja, una vez más, cómo el régimen intenta administrar la percepción antes que resolver el problema. La luz en Enramadas puede servir para una foto o para un acto breve, pero no alcanza para alumbrar la magnitud de una crisis que sigue marcando la vida de millones de cubanos. Mientras eso no cambie, cada celebración oficial seguirá pareciendo menos una fiesta que un recordatorio del contraste entre el escaparate y la ruina.




