En Morón, una ciudad de Ciego de Ávila donde la crisis energética ha convertido las calles en túneles de oscuridad, un adolescente fue detenido por atreverse a protestar. No por violencia. No por sabotaje. Por exigir lo que cualquier ser humano merece: luz, comida, futuro. El régimen respondió como siempre: con la cárcel.
Estado Unidos acaba de exigir su liberación. No es un gesto diplomático menor. Es el reconocimiento de que cuando una dictadura encarcela menores de edad por ejercer el derecho elemental de manifestarse, ha cruzado una línea que ni siquiera sus aliados tradicionales pueden ignorar.
Mi tesis es simple y sin matices: un régimen que encaruela adolescentes por protestar ha renunciado al derecho de gobernar y debe ser tratado como lo que es: una estructura criminal de represión.
Esto no es nuevo en Cuba, pero cada caso reafirma una verdad histórica que el castrismo nunca pudo borrar. Durante los sesenta, el régimen encarceló a miles de jóvenes en las UMAP, campos de trabajo forzado donde se torturaba a homosexuales, religiosos y disidentes. En los ochenta, cuando surgieron los primeros movimientos de derechos humanos, fueron adolescentes quienes se atrevieron a firmar peticiones. Muchos pagaron con años de cárcel. El patrón es idéntico: la dictadura tiene pánico a la juventud porque sabe que los jóvenes no heredan sus mentiras, las cuestionan.
Hoy, con más de mil presos políticos en las cárceles cubanas y una crisis energética que lleva años asfixiando la isla, los adolescentes entienden lo que la propaganda oficial niega: que este sistema no funciona, que no hay futuro bajo estas reglas. Cuando salen a las calles, como ocurrió en el 11J en 2021 o como sucede ahora en Morón, no lo hacen por consigna extranjera. Lo hacen porque viven la realidad todos los días: apagones de doce horas, comida racionada, represión constante.
El régimen responde como lo ha hecho siempre: criminalizando la protesta, convirtiendo a menores en prisioneros, usando el miedo como arma de control. Pero aquí está la fractura: cuando Washington, con una administración republicana que nunca ha sido amiga de La Habana, se ve obligado a exigir la liberación de un niño, es porque la represión ha alcanzado un nivel tan grotesco que resulta indefendible incluso para los estándares más bajos de diplomacia.
Si el régimen continuara por este camino, el resultado es predecible. Más represión genera más resistencia. Más encarcelamientos de jóvenes crean más familias destrozadas, más razones para que la próxima generación entienda que la única salida es el colapso del sistema. Las dictaduras que encarcelan niños no duran. La Historia lo demuestra. Franco, Pinochet, los juntas argentinas: todas cayeron cuando perdieron el apoyo generacional, cuando los jóvenes dejaron de tener miedo.
El régimen dirá, como siempre, que se trata de provocadores externos, de una conspiración para desestabilizar la revolución. Pero esa narrativa se desmorona cuando quien exige la liberación es el gobierno estadounidense, cuando los hechos son documentados por organizaciones de derechos humanos internacionales, cuando la represión es tan evidente que hasta los aliados tradicionales de La Habana guardan silencio incómodo. No hay conspiración que pueda explicar por qué un adolescente cubano está en una celda por pedir comida y electricidad.
A los cubanos, dentro y fuera de la isla, les digo esto: cada vez que el régimen encarcela a un adolescente por protestar, confirma que está perdido. No es fuerza. Es desesperación. Un sistema seguro de sí mismo no teme a los niños. Solo los teme quien sabe que su tiempo se agota, que la próxima generación no creerá en sus promesas rotas.
La exigencia de Washington es correcta, pero es insuficiente. No basta pedir la liberación de uno. Debe exigirse la liberación de todos los presos políticos, la apertura de las cárceles, el fin de la represión. Y el pueblo cubano debe entender que cada adolescente encarcelado es una llamada a la conciencia: que la resistencia no es opción, es obligación moral.




