Un reciente texto publicado por Cubadebate intenta reciclar la imagen de Fidel Castro como si todavía pudiera venderse, ahora bajo un envoltorio moderno: algoritmos, inteligencia artificial, deepfakes y redes sociales. La maniobra es transparente. No busca entender el presente, sino rehabilitar políticamente a la figura central de un sistema que destruyó la libertad de expresión, monopolizó la información y convirtió la propaganda en política de Estado durante más de seis décadas.
El artículo oficialista presenta a Fidel como un supuesto “seudónimo colectivo”, una especie de voz orgánica del pueblo cubano. Pero esa interpretación ignora lo esencial: en Cuba nunca existió un espacio libre donde ese mismo pueblo pudiera contradecirlo en igualdad de condiciones. No había prensa independiente, no había pluralidad política, no había elecciones libres, y disentir públicamente podía costar la carrera, la libertad o el exilio. Llamar “voz colectiva” a un liderazgo construido sobre el control absoluto del relato no es análisis histórico; es maquillaje ideológico.
La narrativa busca sugerir que Fidel no imponía, sino que dialogaba; que no hablaba desde arriba, sino desde una conexión casi natural con las masas. Sin embargo, cualquier revisión honesta de la historia cubana revela otra cosa: un aparato de propaganda diseñado para sustituir la realidad por una versión oficial permanente. El castrismo no se sostuvo porque representara una conversación abierta con la nación, sino porque anuló sistemáticamente toda voz alternativa. Cuando un solo poder controla periódicos, radio, televisión, escuelas y tribunales, la unanimidad deja de ser consenso y pasa a ser obediencia.
Uno de los ejemplos usados por Cubadebate es Radio Rebelde, presentada como símbolo de verdad y cercanía popular. Lo que omiten es que aquella herramienta insurgente terminó siendo el antecedente de un sistema mediático donde, tras la toma del poder, la prensa dejó de fiscalizar al gobierno para convertirse en vocera del gobierno. La promesa de informar al pueblo degeneró en décadas de silencios selectivos, cifras ocultas, campañas dirigidas y criminalización del pensamiento independiente.
El oficialismo intenta contrastar aquella etapa con la era digital actual, insinuando que Fidel habría entendido mejor que nadie el poder de las redes distribuidas. La realidad es más incómoda para el régimen: internet en Cuba no fue promovido como derecho, sino retrasado, restringido y vigilado durante años. El acceso masivo llegó tarde, caro y bajo supervisión estatal. Y aun así, bastó que los ciudadanos obtuvieran canales alternativos para que comenzaran a circular denuncias, protestas, videos de abusos, apagones, colas, hambre y descontento que la prensa oficial ocultaba.
Las protestas del 11 de julio de 2021 demostraron precisamente lo contrario de lo que Cubadebate intenta vender. Cuando los cubanos pudieron comunicarse entre sí sin intermediación estatal, emergió una realidad incompatible con el relato heroico del régimen. Miles salieron a las calles en múltiples ciudades gritando libertad, no consignas oficiales. La respuesta no fue diálogo colectivo, sino detenciones masivas, juicios acelerados y largas condenas de prisión.
Hoy, en medio de una crisis económica profunda, apagones recurrentes, escasez de alimentos, migración récord y cientos de presos políticos, el gobierno recurre otra vez a la nostalgia propagandística. En lugar de explicar el presente, intenta refugiarse en la mitología del pasado. Pero cada vez resulta más difícil vender epopeyas históricas a una población que enfrenta problemas concretos todos los días.
La verdadera lección comunicacional no es que Fidel dominara una supuesta verdad superior, sino que el castrismo entendió durante décadas cómo controlar el flujo de información en una sociedad cerrada. Ese modelo funcionó mientras no existían alternativas. En la era digital, donde cada ciudadano puede documentar y difundir lo que vive, el monopolio narrativo se resquebraja.
Cubadebate puede intentar actualizar viejos discursos con lenguaje tecnológico, pero el problema del régimen no es de marketing. Es de credibilidad. Y cuando un sistema pierde credibilidad ante su propio pueblo, ningún algoritmo puede rescatarlo.




