Miguel Díaz-Canel reconoció que Cuba ha dependido durante décadas de la Unión Soviética, China y Venezuela, un admitido que vuelve a poner sobre la mesa una de las mayores debilidades del modelo impuesto por el régimen: la incapacidad de sostener la economía nacional sin muletas externas. El gobernante cubano dijo además que la aspiración oficial es que la isla deje de ser dependiente de otros países, una meta que contrasta con el historial de subordinación financiera y política que ha marcado a la administración de la isla desde hace más de 60 años.
La declaración no pasa inadvertida porque llega en un momento en que el país vive una de sus peores crisis acumuladas. La escasez de alimentos, medicinas, combustible y piezas de repuesto, junto con apagones prolongados y salarios pulverizados por la inflación, ha dejado claro que la promesa oficial de soberanía económica nunca se tradujo en estabilidad para la población. El reconocimiento de Díaz-Canel, aunque limitado, confirma lo que por años ha sido evidente para millones de cubanos: el sistema no ha sido capaz de generar riqueza propia ni de sostener servicios básicos sin apoyo externo.
Durante décadas, el régimen de La Habana construyó su supervivencia sobre alianzas políticas y económicas con potencias o gobiernos afines. Primero fue la Unión Soviética, que sostuvo gran parte del aparato productivo y comercial de la isla hasta su desaparición. Más tarde, China se convirtió en un socio importante en áreas como comercio, infraestructura y financiamiento, mientras que Venezuela asumió el papel más decisivo en el siglo XXI con petróleo subsidiado y acuerdos de cooperación que ayudaron a tapar la fragilidad interna del modelo cubano.
Ese patrón no surgió por casualidad. La economía cubana, centralizada y sometida a una planificación rígida, fue diseñada para depender del Estado y no de la iniciativa productiva de la sociedad. Bajo ese esquema, la producción nacional quedó reducida, la agricultura fue descuidada y la industria perdió capacidad para competir o abastecer el mercado interno. El resultado ha sido una dependencia crónica de importaciones y ayudas externas que el régimen presenta como consecuencia exclusiva de factores ajenos, aunque en realidad responden también a sus propias decisiones económicas y políticas.
La frase de Díaz-Canel sobre no depender de nadie busca proyectar una imagen de autonomía que el sistema no ha demostrado en la práctica. En los últimos años, el gobierno ha repetido llamados a la “resistencia creativa”, a la producción nacional y a la sustitución de importaciones, pero sin corregir los problemas de fondo que frenan cualquier recuperación: falta de libertades económicas, ausencia de incentivos, burocracia, control excesivo del Estado y un aparato político que castiga la iniciativa independiente.
A eso se suma el deterioro de la confianza social. Cada vez más cubanos perciben que los discursos sobre reformas, prosperidad o resiliencia no resuelven su día a día. La población sigue enfrentando colas interminables, mercados vacíos, transporte insuficiente y servicios básicos colapsados. Cuando el gobernante habla de independencia económica, lo hace desde un poder que mantiene al país atado a importaciones, endeudamiento y negociaciones externas para sobrevivir.
El reconocimiento de la dependencia histórica también expone otra verdad incómoda para el régimen: la propaganda oficial ha vendido durante años una imagen de fortaleza y resistencia que no se sostiene sin apoyo externo. La narrativa de “bloqueo” ha servido para ocultar errores internos, pero no explica por sí sola por qué la isla no logra producir suficiente alimento, ni por qué su infraestructura energética colapsa con tanta frecuencia, ni por qué miles de cubanos siguen abandonando el país en busca de oportunidades que dentro no encuentran.
Hablar de independencia, en ese contexto, exige algo más que consignas. Requeriría cambios profundos en el sistema económico y político, apertura real a la producción privada, garantías para la inversión, respeto a la propiedad y menos control sobre la vida económica de la nación. Sin esas transformaciones, cualquier intento de “no depender de nadie” seguirá siendo una aspiración vacía, repetida por una cúpula que ha hecho depender a Cuba de aliados externos mientras el pueblo paga el costo de sus fracasos.
Por ahora, la declaración de Díaz-Canel sirve más como admisión que como solución. Reconoce una realidad que ya nadie puede esconder, pero no ofrece una salida concreta para un país que sigue atrapado entre la escasez, la improvisación y la incapacidad del régimen para abandonar un modelo agotado. En Cuba, la dependencia no es solo una herencia histórica; también es el resultado de un poder que se resiste a cambiar incluso cuando el sistema ya no da más.




