La insistencia del gobierno cubano en desarrollar proyectos de biomasa y biogás representa uno de los dilemas más reveladores de la crisis energética que asfixia la isla desde hace más de dos años. Sin una base productiva agrícola que respalde estas iniciativas, la apuesta del régimen levanta interrogantes sobre si responde a un cálculo desesperado de supervivencia o a una estrategia de distracción ante un problema que se agrava cada día.
Cuba enfrenta una realidad incómoda: los apagones diarios que paralizan ciudades, hospitales y fábricas no pueden resolverse con promesas de energías alternativas cuando el país carece de la capacidad productiva para generarlas. La biomasa requiere una base agrícola robusta, cultivos dedicados o residuos industriales en volúmenes significativos. El biogás depende de sistemas de tratamiento de residuos y ganadería a escala que la isla simplemente no posee en la magnitud necesaria. Ambas tecnologías demandan infraestructura, inversión y expertise que el régimen ha descuidado durante décadas mientras priorizaba otras prioridades políticas.
La pregunta que circula entre analistas y ciudadanos es directa: ¿por qué el gobierno insiste en estas soluciones cuando la realidad productiva del país no las respalda? Una hipótesis plausible apunta a que estas iniciativas funcionan como narrativa de esperanza para consumo doméstico e internacional. Mientras el régimen anuncia proyectos de biomasa y biogás, puede argumentar que trabaja en soluciones, que no es completamente pasivo ante la crisis. Es una forma de ganar tiempo político sin enfrentar las decisiones estructurales que la situación exige: reformas económicas profundas, apertura a inversión extranjera, o cambios en la política energética que el sistema actual resiste.
Otro factor subyacente es la dependencia histórica de Cuba de soluciones que no requieren admitir fracaso ideológico. Invertir en energías renovables permite al régimen mantener el discurso de autosuficiencia y soberanía energética sin reconocer que la verdadera solución pasa por transformaciones que cuestionarían el modelo político. La biomasa y el biogás son tecnológicamente "limpias" y políticamente aceptables dentro de la retórica revolucionaria, a diferencia de opciones como la energía nuclear (rechazada tras Chernóbil) o la inversión masiva en petróleo (que requeriría asociaciones con potencias occidentales).
Para los cubanos dentro de la isla, esta apuesta representa una frustración adicional. Mientras el régimen anuncia plantas de biogás que tardarían años en construirse y operarse, los hospitales funcionan con generadores diésel, las escuelas cierran por falta de electricidad y los negocios privados que sostienen la economía informal colapsan. En Miami y otras ciudades de la diáspora, la noticia refuerza la percepción de que el gobierno prioriza la narrativa sobre la acción, la propaganda sobre la solución real de problemas cotidianos que afectan a millones.
A nivel internacional, estos anuncios generan poco impacto. Organismos multilaterales y gobiernos extranjeros entienden que sin transformación estructural de la economía cubana, ningún proyecto de energía alternativa resolverá la crisis. Los inversores potenciales observan con escepticismo: ¿quién financia infraestructura energética en un país donde el régimen controla todos los recursos y donde la inestabilidad política es permanente? La biomasa y el biogás quedan así en el limbo de las promesas incumplidas, junto a otros proyectos anunciados que nunca materializaron.
La insistencia cubana en estas soluciones revela una verdad incómoda sobre el régimen: prefiere mantener la ilusión de control y progreso antes que admitir que la crisis energética requiere decisiones que cuestionan su legitimidad. Mientras tanto, Cuba sigue apagada.




