Hay una escena que se repite en La Habana desde hace décadas: un funcionario aparece en la televisión estatal junto al máximo líder, sonríe, pronuncia las palabras correctas sobre la Revolución. Meses después, desaparece. No hay explicación, no hay juicio público, solo silencio. El régimen continúa proclamando su «unidad monolítica» mientras entierran a otro de sus supuestos pilares.
Esta es la verdadera naturaleza del poder en Cuba bajo Díaz-Canel: no es la fortaleza de una estructura cohesionada, sino la fragilidad de un sistema que solo puede mantenerse mediante purgas permanentes y la construcción de un mito de unanimidad que desmienten sus propias acciones.
La dictadura cubana ha perfeccionado una narrativa única en América Latina. No es suficiente gobernar con hierro; es necesario convencer a los cubanos de que ese hierro es voluntario, que todos los que rodean al líder comparten su visión de manera orgánica e inquebrantable. Pero la realidad es distinta. Las destituciones silenciosas, las caídas en desgracia de ministros y generales, los exilios forzados de funcionarios que ayer eran presentados como «hombres clave de la Revolución», revelan una estructura política profundamente inestable, donde la lealtad es una moneda que pierde valor constantemente.
Históricamente, Cuba ha conocido este patrón. Fidel Castro construyó su poder mediante la eliminación sistemática de rivales potenciales. Lo que cambió con Díaz-Canel no es el mecanismo, sino la desesperación con la que se aplica. El régimen enfrenta una crisis económica que no puede resolver, una generación de cubanos que no cree en sus promesas, y una estructura de poder que se fragmenta mientras pretende ser monolítica. Cada purga no es un signo de fortaleza, sino de pánico.
En la Cuba de 2026, mientras el pueblo soporta apagones diarios y escasez de alimentos, los funcionarios del régimen participan en un teatro absurdo donde deben fingir lealtad absoluta o desaparecer. No hay espacio para el debate interno, para la crítica constructiva, para la renovación orgánica de ideas. Solo hay sumisión o castigo. Esa es la «unidad» que Díaz-Canel defiende: la unanimidad forzada de quienes tienen miedo de hablar.
El régimen argumentará que esta cohesión es necesaria para enfrentar el «bloqueo imperialista» y las presiones externas. Es una mentira que se ha repetido por sesenta años. Las sanciones de Estados Unidos van dirigidas a la dictadura, no al pueblo cubano. El hambre que sufren millones de cubanos no es consecuencia de Washington, sino de la incapacidad administrativa, la corrupción sistémica y la represión política que caracteriza a este gobierno. Díaz-Canel usa las presiones externas como pretexto para justificar una represión interna que es completamente responsabilidad suya.
Lo que está ocurriendo en Cuba es una lenta implosión de un sistema que no puede renovarse sin reconocer sus fracasos. Cada purga es un acto de desesperación, cada proclama de unidad es un grito de miedo. El régimen sabe que si permitiera el más mínimo debate interno, si abriera espacios para que sus propios funcionarios cuestionaran sus políticas, el edificio se desmoronaría. Por eso mantiene el control mediante el terror.
A los cubanos que aún creen en las palabras del régimen, a quienes aceptan la narrativa de unidad revolucionaria, les digo: observen lo que ocurre en los pasillos del poder. Vean cómo desaparecen los hombres que ayer eran presentados como indispensables. Entiendan que si ni siquiera los funcionarios del régimen pueden confiar en su permanencia, ¿por qué ustedes deberían confiar en sus promesas? La verdadera unidad no se construye mediante purgas; se construye mediante confianza, participación y respeto. Eso es lo que Cuba necesita, y eso es lo que el régimen de Díaz-Canel jamás podrá ofrecer.




