La máquina propagandística del régimen cubano lanza mensajes de confianza institucional en la policía justo cuando los robos se disparan en las calles de La Habana, Santiago de Cuba y otras ciudades, alimentados por la crisis energética que mantiene a la isla sumida en apagones diarios.
Esta contradicción refleja la desconexión entre el discurso oficial y la realidad que viven millones de cubanos. Mientras los medios estatales promocionan campañas sobre seguridad ciudadana y confianza en las fuerzas del orden, los delitos contra la propiedad aumentan exponencialmente. Los apagones prolongados, que pueden durar entre 12 y 16 horas diarias, crean ventanas de oportunidad para criminales que operan en la oscuridad, aprovechando la ausencia de iluminación pública y la imposibilidad de las autoridades para patrullar efectivamente.
La crisis energética que azota a Cuba desde 2024 ha generado un colapso en múltiples sectores. Las refinerías operan a capacidad mínima, las plantas termoeléctricas envejecidas fallan constantemente, y la falta de combustible para generadores ha dejado a comunidades enteras sin electricidad durante días. Este escenario ha transformado las noches cubanas en territorios donde la delincuencia prospera sin obstáculos visibles.
La propaganda oficial intenta mantener la narrativa de un Estado fuerte y controlador, pero la realidad en las calles cuenta una historia diferente. Ciudadanos reportan robos de cables de cobre, baterías, equipos de aire acondicionado y otros bienes que luego son vendidos en mercados negros para subsistir. La desesperación económica, combinada con la impunidad que genera la oscuridad, ha creado una tormenta perfecta para el crimen.
Esta estrategia comunicacional del régimen no es nueva. Desde hace años, el gobierno cubano mantiene una brecha considerable entre sus mensajes institucionales y las condiciones reales que enfrentan los ciudadanos. Las campañas de seguridad ciudadana buscan proyectar control y orden, elementos fundamentales para la legitimidad del sistema, pero chocan frontalmente con la experiencia cotidiana de millones de cubanos que temen salir a la calle después del anochecer.
Para la población dentro de la isla, esta contradicción genera frustración y desconfianza. Muchos cubanos ven en estos mensajes propagandísticos un insulto a su inteligencia, especialmente cuando han sido víctimas de robos o conocen a alguien que lo ha sido. La policía, aunque presente en algunos sectores, carece de recursos para patrullar efectivamente durante los apagones, lo que refuerza la percepción de que el Estado no puede garantizar seguridad básica.
En el exilio, particularmente en Miami, estas noticias refuerzan la narrativa de un régimen que prioriza la imagen sobre la solución de problemas reales. Organizaciones de derechos humanos y activistas cubanos utilizan estos contrastes para evidenciar la falta de transparencia y la manipulación informativa del gobierno de Díaz-Canel.
La pregunta que resuena en La Habana es simple pero devastadora: ¿de qué sirve confiar en una policía que no puede proteger a los ciudadanos cuando la oscuridad cubre las calles?




