Un estudiante cubano descubrió demasiado tarde qué había firmado. Le dijeron que era la asistencia, el trámite burocrático de siempre. Cuando vio su nombre en una campaña oficialista, entendió que en Cuba ni siquiera el acto de levantar la mano en clase es inocente.
Esta es la naturaleza real del sistema: la coerción no necesita gritos ni uniformes en la puerta. Opera en las aulas, en la confusión deliberada, en la autoridad que explota la confianza de quien aún no sabe que no puede confiar.
La dictadura ha perfeccionado una técnica que la represión abierta nunca logró: la captura de la voluntad sin que la víctima se percate. No es represión clásica. Es más sofisticada y, por eso, más peligrosa. Convierte a menores en cómplices involuntarios de su propio adoctrinamiento, en firmantes de lealtades que nunca eligieron. El régimen sabe que quien firma, aunque sea engañado, carga con la culpa de haber participado.
Esta práctica tiene antecedentes en toda América Latina autoritaria. En Chile bajo Pinochet, en Argentina durante la dictadura, en México bajo el PRI: la captura de instituciones educativas como máquinas de legitimación política. Pero Cuba lleva esto a su expresión más pura porque aquí no hay ni la ficción de elecciones reales, ni la ilusión de pluralismo. Solo está el acto de firmar, repetido mil veces, hasta que la firma deja de ser acto de voluntad y se convierte en reflejo condicionado.
Lo que este estudiante experimentó no es un error administrativo. Es protocolo. En las escuelas cubanas, la "movilización" no es voluntaria porque la voluntad no existe como categoría política. Existe solo la obediencia, y cuando no funciona la obediencia directa, funciona el engaño. Cuando no funciona el engaño, funciona la presión social. Cuando no funciona nada de eso, funciona la amenaza velada: tu expediente, tu futuro, tus opciones de estudio.
El régimen ha invertido décadas en hacer que los cubanos internalicen la represión. Ya no necesita represores en cada esquina porque el miedo vive dentro de cada persona. Un estudiante que firma sin saber qué firma es la prueba de que el sistema funciona: ha logrado que ni siquiera la resistencia mental sea posible. Ha logrado que la gente firme su propia opresión creyendo que firma un papel de asistencia.
Los defensores del régimen dirían que esto es exageración, que es un caso aislado, que los estudiantes participan "voluntariamente" en campañas de movilización. Pero ¿dónde está la voluntariedad cuando no hay opción de decir que no? ¿Dónde está la participación cuando se camufla bajo falsos pretextos? El régimen confunde participación con presencia, y presencia con consentimiento. Es un juego de palabras que funciona porque la mayoría de los cubanos ha aprendido a no hacer preguntas.
Lo que debe quedar claro es esto: en Cuba, cada firma arrancada bajo engaño es una prueba más de que el sistema no tiene legitimidad real. Si tuviera apoyo genuino, no necesitaría mentir. Si tuviera convicción, no necesitaría coerción. El hecho de que un estudiante descubra que fue engañado para firmar una campaña política es el síntoma de una dictadura que ya no puede permitirse la verdad.
A los estudiantes cubanos les digo esto: cada papel que les pidan firmar merece ser cuestionado. Cada "asistencia" debe verificarse. Cada acto que les presenten como rutinario puede ser un acto de captura política. No es paranoia: es supervivencia intelectual en un sistema que ha hecho de la mentira su herramienta más eficaz. Exijan transparencia. Pregunten. Y cuando les digan que es solo asistencia, sepan que en Cuba, la asistencia también se usa para robar voluntades.




