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La Habana exhibe precios en dólares que golpean el bolsillo
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La Habana exhibe precios en dólares que golpean el bolsillo

24 min de lectura
Redacción LevántateCuba
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La apertura de una nueva tienda en moneda libremente convertible en La Habana vuelve a dejar al descubierto una realidad que el régimen intenta normalizar: la dolarización parcial de la oferta básica y unos precios que quedan fuera del alcance de la mayoría de los cubanos.

La aparición de otra tienda en dólares en La Habana reabre una discusión que el poder intenta maquillar con anuncios de modernización comercial: en Cuba, acceder a alimentos y productos básicos depende cada vez más del dinero que entre en divisas, mientras el salario en moneda nacional pierde valor y capacidad de compra. Entre los productos que más llaman la atención está la chuleta de cerdo, con un precio cercano a los 130 dólares en una de estas nuevas unidades comerciales, una cifra que resume la brecha entre la oferta oficial y la vida real de la mayoría de las familias.

El dato no sorprende a quienes han seguido el deterioro del mercado interno cubano durante los últimos años. La escasez crónica, la caída de la producción nacional, la dependencia de importaciones y el desplome del poder adquisitivo han empujado al gobierno a expandir un sistema de ventas en moneda dura que funciona como un circuito paralelo, inaccesible para amplios sectores de la población. En lugar de corregir las causas de fondo, el régimen ha optado por administrar la escasez y cobrarla en dólares.

La escena se repite con distintos matices en varias zonas del país: tiendas con anaqueles abastecidos mejor que los comercios en moneda nacional, pero con precios pensados para quienes reciben remesas, trabajan en el turismo, poseen ingresos en divisas o participan de alguna forma en la economía informal. Para el resto, esos mostradores se convierten en una vitrina del desajuste económico cubano. Ver productos disponibles no significa poder comprarlos.

La chuleta de cerdo, un alimento muy demandado en la mesa cubana, se transforma así en un símbolo de la fractura social que ha dejado la política económica del gobierno. Mientras la propaganda oficial insiste en hablar de recuperación y ordenamiento, la realidad cotidiana muestra otra cosa: una economía dual en la que una parte del país compra en dólares y otra sobrevive con lo que encuentre en pesos devaluados. La diferencia no solo es monetaria, también es social y política.

Esa división afecta directamente la dieta, los hábitos de consumo y la seguridad alimentaria de millones de personas. El aumento de tiendas que operan en divisas no resuelve el desabastecimiento de la red estatal tradicional ni abarata el costo de la vida. Al contrario, lo vuelve más evidente. Cada vez que se abre una nueva tienda de este tipo, el mensaje que recibe el ciudadano común es el mismo: si no tienes acceso a dólares, quedas fuera.

El problema no se limita a un producto caro o a un punto de venta específico. Forma parte de una estrategia más amplia en la que el régimen recurre a la dolarización parcial para captar divisas sin ofrecer reformas profundas, competencia real ni mecanismos transparentes que dinamicen la producción interna. En vez de incentivar la agricultura, proteger al consumidor y estimular el mercado formal, el aparato estatal sigue concentrando el control de la distribución mientras traslada el peso del ajuste a la población.

En ese contexto, la tienda en dólares no es una solución, sino una fotografía del fracaso acumulado. La dependencia de importaciones para cubrir lo que el país no produce, sumada a la incapacidad de sostener una oferta estable en moneda nacional, convierte cualquier inauguración comercial de este tipo en una señal de exclusión. La mercancía existe, pero no necesariamente para el cubano promedio.

También hay un componente político que no puede separarse de la economía. La expansión de este modelo refuerza la idea de que el régimen administra la crisis sin intención de desmontarla. En vez de reconocer que el colapso productivo y la mala gestión han empujado al país a esta situación, las autoridades presentan la dolarización como una respuesta práctica, cuando en realidad termina consolidando un sistema de privilegios y desigualdad.

Para los hogares cubanos, cada nuevo precio en dólares recuerda que el salario estatal perdió cualquier referencia con el costo de la vida. Un trabajador que cobra en pesos necesita una cantidad absurda de ingresos para acercarse siquiera a un producto importado vendido en estas tiendas. Ese desfase hace que la economía familiar dependa cada vez más de remesas, ayudas del exterior y estrategias de supervivencia que no resuelven nada de forma estable.

La nueva tienda habanera deja entonces un mensaje claro: en Cuba no hay normalidad económica, sino una administración permanente de la escasez. El gobierno ofrece vitrinas mejor surtidas para una minoría con acceso a divisas, mientras la mayoría sigue enfrentando apagones, inflación, desabastecimiento y salarios pulverizados. El precio de la chuleta es solo una cifra; el verdadero costo está en lo que revela sobre el país que el régimen ha construido.

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