El Senado de Estados Unidos cerró esta semana la última puerta legislativa que podría haber frenado una acción militar de Donald Trump contra Cuba. La votación del martes, con resultado de 51 a 47, sepultó una resolución de poderes de guerra que habría obligado al presidente a solicitar autorización del Congreso antes de ordenar operaciones militares contra la isla.
La iniciativa, impulsada por los senadores Tim Kaine de Virginia, Rubén Gallego de Arizona y Adam Schiff de California, se basaba en la Ley de Poderes de Guerra de 1973 y el Artículo I de la Constitución, que reserva al Congreso la facultad exclusiva de declarar la guerra. Su fracaso deja a Trump con las manos libres en una agenda que él mismo ha definido públicamente: Cuba es "la siguiente" después de resolver el conflicto con Irán, según declaraciones recientes del mandatario.
La derrota demócrata no fue unánime entre republicanos. La senadora Susan Collins de Maine y el senador Rand Paul de Kentucky rompieron filas para votar con la minoría, marcando lo que los demócratas celebraron como el primer avance significativo en semanas de intentos por limitar el poder presidencial en política exterior. Sin embargo, el senador demócrata John Fetterman de Pensilvania volvió a traicionar a su bancada, votando nuevamente con los republicanos, repitiendo el patrón que ya había mostrado en resoluciones anteriores sobre Irán.
Chuck Schumer, líder de la minoría demócrata, apeló directamente a los republicanos durante el debate: "Los republicanos deben ponerse por delante de una catástrofe inminente en Cuba antes de que empeore aún más, como deberían haber hecho con la guerra de Trump en Irán". Su advertencia no fue retórica. Tim Kaine expuso ante el pleno cifras que ilustran el colapso humanitario en la isla: entre enero y marzo se cancelaron casi 100,000 cirugías en hospitales cubanos por falta de electricidad, más de 11,000 de ellas programadas para menores de edad.
La realidad cotidiana en Cuba es aún más cruda. Más de un tercio de la población carece de acceso a agua potable. El 87 por ciento de las bombas del sistema hídrico dependen de electricidad, lo que significa que los apagones diarios de 12 a 20 horas, que en algunos casos se extienden entre 48 y 72 horas, paralizan completamente el suministro de agua. Los precios de alimentos han subido más del 13 por ciento mientras se proyecta una caída del 40 por ciento en las cosechas de ciclo corto. En un país donde el salario mensual promedio ronda los 15 dólares, la gasolina cuesta casi 40 dólares el galón. Estas cifras no son especulación: son el testimonio de una economía en colapso.
Rick Scott, senador republicano de Florida, descartó las preocupaciones demócratas como "pérdida de tiempo" e "insulto" a los cubanos. "Este presidente nunca ha dicho que quiera poner botas en el suelo", afirmó, minimizando las declaraciones públicas de Trump sobre hacer "una parada en Cuba" y sus sugerencias de que Estados Unidos podría "tomar" la isla o impulsar un cambio de régimen. Mientras tanto, el Pentágono ha acelerado planes de posible intervención militar, aunque la guerra con Irán, que lleva casi dos meses sin resolución clara, ha puesto temporalmente a Cuba en segundo plano.
La presión sobre la isla ya es tangible. Estados Unidos ha intensificado un bloqueo marítimo de facto utilizando activos de la Guardia Costera y fuerzas navales para interceptar o disuadir envíos de combustible. En marzo, Trump permitió excepcionalmente que un petrolero ruso con 730,000 barriles de crudo atracara en Cuba por "razones humanitarias", y Rusia anunció planes de enviar un segundo buque. Este gesto, lejos de ser generosidad, subraya la dependencia total de la isla de suministros externos mientras Washington aprieta el cerco.
Para los cubanos dentro y fuera de la isla, esta votación representa un punto de quiebre. Quienes permanecen en Cuba enfrentan ahora la perspectiva de una intervención militar sin ningún obstáculo legislativo estadounidense que la frene. La diáspora cubana, particularmente en Miami, se divide entre quienes ven en Trump una oportunidad de cambio de régimen y quienes temen una escalada que profundice la tragedia humanitaria. Miguel Díaz-Canel ya ha advertido que Cuba respondería con guerrilla ante cualquier ataque militar estadounidense, una declaración que suena a desesperación más que a capacidad real de defensa.
La Organización de Naciones Unidas ha alertado sobre el riesgo de colapso total en la isla. Los demócratas han señalado que continuarán usando las resoluciones de poderes de guerra como instrumento para forzar a los republicanos a posicionarse públicamente, uno de los pocos mecanismos con que cuenta la minoría en un Congreso controlado por Trump. La próxima batalla legislativa se centrará nuevamente en Irán, con votaciones previstas tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado.
Lo que quedó claro esta semana es que Cuba no tiene defensores en Washington. Los republicanos controlan el Congreso y respaldan la agenda presidencial. Los demócratas carecen de votos suficientes para frenarla. Y mientras la isla se desmorona bajo apagones de tres días, falta de agua y hambre, la política estadounidense sigue su curso sin que nada ni nadie pueda detenerla.




