Francis Suárez, alcalde de Miami y cercano colaborador de la administración Trump, explicó recientemente los detalles de lo que denominó la «estrategia de la boa constrictora» contra Cuba: un plan de presión económica y diplomática diseñado para asfixiar financieramente al régimen de Miguel Díaz-Canel sin necesidad de intervención militar directa.
La estrategia, según Suárez, se fundamenta en el endurecimiento de las sanciones contra las instituciones financieras que operan con Cuba, el bloqueo de transacciones internacionales y la aislación diplomática del gobierno cubano en organismos multilaterales. El objetivo declarado es forzar cambios políticos en la isla mediante la presión económica sostenida sobre las estructuras del régimen, no sobre la población civil.
Esta aproximación refleja la línea dura que Trump ha mantenido hacia Cuba desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025. A diferencia de administraciones anteriores que buscaron apertura, la actual prioriza el aislamiento del régimen comunista como mecanismo de presión política. Marco Rubio, Secretario de Estado, ha sido uno de los principales impulsores de esta política, considerando a Cuba como una amenaza estratégica en el hemisferio occidental.
La metáfora de la boa constrictora es particularmente reveladora del enfoque: no se trata de un golpe rápido, sino de una presión gradual y sostenida que busca debilitar progresivamente la capacidad del régimen para mantener su control. El régimen cubano ya enfrenta una crisis energética que lleva más de dos años, con apagones diarios que afectan la producción industrial y los servicios básicos. Las nuevas medidas buscarían profundizar esa vulnerabilidad económica.
Para los cubanos dentro de la isla, esta estrategia representa una apuesta de que la presión económica sobre el régimen eventualmente generará cambios políticos. Sin embargo, históricamente, el gobierno de La Habana ha utilizado las sanciones externas como justificación para mantener su control autoritario, culpando a Washington de los problemas económicos mientras consolida su represión interna. Con más de mil presos políticos actualmente encarcelados, la represión del régimen continúa sin tregua.
Para la diáspora cubana en Miami y otras ciudades estadounidenses, el endurecimiento de la política representa una validación de su postura de décadas: que solo la presión sostenida puede forzar cambios en Cuba. Muchos exiliados ven en esta administración una oportunidad de influir en la política hacia la isla de manera más directa que en años anteriores.
A nivel internacional, la estrategia de Trump genera tensiones con aliados que mantienen relaciones comerciales con Cuba, particularmente en América Latina y el Caribe. Algunos gobiernos han criticado el endurecimiento de sanciones como contraproducente, aunque otros, especialmente en Centroamérica, apoyan la presión sobre el régimen cubano.
Lo que queda sin respuesta es si una presión económica más severa logrará lo que décadas de sanciones no han conseguido: un cambio político genuino en Cuba, o si simplemente profundizará el sufrimiento de una población ya exhausta mientras el régimen permanece intacto.




