En Cuba, los parques llevan nombres de revolucionarios muertos hace décadas. Las plazas públicas albergan estatuas de barbudos. Los niños recitan consignas sobre héroes que nunca conocieron. Y ahora, desde La Habana, surge la acusación: Trump cultiva un culto a la personalidad.
La ironía es tan densa que casi duele escribirla. El régimen que nombró ciudades enteras tras Fidel Castro, que convirtió a un hombre en religión estatal, que obligó a millones a reverenciar su imagen hasta la muerte, ahora señala con dedo acusador los lugares donde aparece el nombre de Donald Trump en Estados Unidos. Doce sitios, según reportes recientes. Doce lugares en una nación de 330 millones de personas donde la libertad de nombrar calles, parques y edificios es un derecho, no un acto de sumisión ideológica.
Mi tesis es simple: confundir la libertad de mercado y la democracia con el culto a la personalidad es el último refugio retórico de quien no puede gobernar. El régimen cubano acusa de lo que practica porque carece de argumentos para explicar por qué su pueblo muere de hambre mientras enaltece a sus líderes.
Históricamente, los cultos a la personalidad no nacen en democracias. Nacen en dictaduras. Stalin, Mao, Castro: todos ellos construyeron imperios visuales de su propia imagen porque la represión requiere de un ídolo. En cambio, Trump ganó elecciones presidenciales en una nación donde sus rivales políticos pueden insultarlo libremente, donde los medios lo critican diariamente, donde se burlan de él en televisión nacional. ¿Eso es culto a la personalidad? No. Eso es mercado. Eso es capitalismo. Eso es libertad.
En el presente, mientras Cuba atraviesa su tercera crisis energética consecutiva, mientras los cubanos hacen colas de horas por un huevo, mientras más de mil presos políticos languideced en celdas por atreverse a protestar, la dictadura dedica recursos a criticar dónde aparece el nombre de Trump en pasaportes estadounidenses o en parques de Florida. Es el acto desesperado de quien no tiene respuestas. No puede explicar el apagón. No puede justificar la represión. Entonces acusa al enemigo de narcisismo.
La consecuencia de esta lógica invertida es grave: mientras el régimen gasta energía acusando a Trump de culto a su persona, consolida su propio culto mediante la represión. Cada preso político es un monumento a la veneración del poder. Cada apagón es un acto de sumisión forzada a la autoridad. Cada familia separada por el exilio es un tributo obligatorio a la gloria de la revolución. Si esto continúa sin resistencia, el régimen seguirá invirtiendo la realidad: acusará de tirano al que presiona por libertad, de narcisista al que permite que su nombre aparezca en edificios privados, de fascista al que respeta las elecciones.
El régimen dirá que esto es imperialismo estadounidense. Que Trump busca dominar Cuba con su imagen. Que las sanciones económicas son actos de agresión narcisista. Pero esa narrativa colapsa ante un hecho elemental: Trump no necesita que Cuba lo ame. No necesita que los cubanos lo reverencien. No necesita que su nombre sea obligatorio en las escuelas. Trump tiene poder sin necesidad de culto. Castro necesitaba culto porque sin él, su poder se desmorona. Esa es la diferencia fundamental entre un líder democrático y un dictador.
Al pueblo cubano le digo esto: no caigan en la trampa retórica del régimen. Cuando les digan que Trump es un narcisista, pregúntense por qué pueden criticar a Trump libremente pero no al Comandante. Cuando les acusen de caer bajo un culto extranjero, recuerden que el único culto obligatorio que conocen es el que viven cada día. Exijan lo que Trump representa para su país: libertad para nombrar sus propios lugares, libertad para elegir sus líderes, libertad para vivir sin miedo. Eso no es culto. Es dignidad.




