El mercado informal de divisas en Cuba abrió la jornada con presión alcista para el dólar y el euro, un movimiento que vuelve a dejar en evidencia la fragilidad del peso cubano y la incapacidad del régimen para ofrecer una referencia estable a la economía real. En un país donde buena parte de los precios se mueven al ritmo de la calle y no de los anuncios oficiales, cada incremento en la tasa informal termina impactando de inmediato en la vida cotidiana.
La subida de estas monedas no es un hecho aislado ni un simple ajuste pasajero. Responde a una dinámica conocida por millones de cubanos: la escasez de divisas, la caída del poder adquisitivo, la dependencia de remesas y la ausencia de un mercado cambiario formal que funcione con credibilidad. Mientras el gobierno insiste en narrativas de control y recuperación, la realidad del bolsillo muestra otra cosa. El peso se deteriora, los precios suben y la moneda extranjera se convierte en refugio, herramienta de ahorro y mecanismo de supervivencia.
En la práctica, el alza del dólar y del euro agrava la distancia entre quienes reciben divisas y quienes dependen exclusivamente de ingresos en moneda nacional. Esa brecha se ha convertido en una de las fracturas sociales más visibles del país. Un salario estatal en pesos cubanos pierde valor con rapidez frente a cualquier mercancía que se ofrezca en el mercado informal, desde alimentos básicos hasta productos de higiene o piezas de repuesto. El resultado es una economía cada vez más segmentada, donde comprar depende menos del trabajo que del acceso a divisas.
La política económica del régimen ha contribuido a profundizar ese escenario. La unificación monetaria fallida, las reformas parciales sin respaldo productivo y la expansión de mecanismos de comercialización en moneda libremente convertible no resolvieron el problema de fondo. Por el contrario, consolidaron una economía dual en la que el Estado recauda donde puede, pero no garantiza estabilidad ni abastecimiento. En ese marco, el mercado informal opera como termómetro más confiable que cualquier declaración oficial.
También pesa la falta de confianza en las instituciones financieras cubanas. Muchos ciudadanos prefieren atesorar dólares o euros antes que depositar su dinero en el sistema bancario, porque no ven garantías de liquidez, acceso o preservación del valor. Esa desconfianza no surgió de la nada: es el resultado de años de restricciones, promesas incumplidas y medidas improvisadas que han castigado al ahorrista. Cuando una moneda pierde credibilidad, la población busca refugio donde puede, y en Cuba ese refugio sigue siendo la divisa extranjera.
El efecto sobre la inflación es inmediato. Cuando sube el precio de la moneda dura, suben también los costos de importación, los márgenes de reventa y los precios de todo lo que depende de insumos comprados fuera del país. Eso termina trasladándose a los mercados, a las mipymes, a los vendedores ambulantes y a las familias que intentan resolver el día a día con ingresos cada vez más insuficientes. La inflación ya no es una amenaza abstracta: es la norma con la que conviven los cubanos.
El régimen, sin embargo, sigue sin ofrecer una solución estructural. No hay señales de una política monetaria capaz de estabilizar el tipo de cambio, ni de un programa productivo que reduzca la dependencia de importaciones, ni de una apertura real que devuelva confianza a los actores económicos. Mientras tanto, las autoridades suelen atribuir la crisis a factores externos, pero el deterioro de la moneda nacional tiene raíces internas profundas: ineficiencia, centralización, control excesivo y rechazo a cambios de fondo.
En este contexto, el alza del dólar y del euro en el mercado informal no solo refleja una coyuntura de escasez. También resume el fracaso de un modelo económico incapaz de sostener su propia moneda. Cada jornada de subida confirma que el peso cubano sigue perdiendo terreno frente a divisas que la población usa como medida de valor, reserva de poder y tabla de salvación ante el derrumbe financiero.
La tendencia deja además una advertencia sobre lo que puede venir. Si no aparecen señales de estabilidad, transparencia y abastecimiento real, la presión sobre el mercado informal podría mantenerse o incluso agravarse. Para la mayoría de los cubanos, eso significa más precios altos, más incertidumbre y menos capacidad de planificar el futuro. En una economía rota, el movimiento del dólar y el euro no es una noticia más: es la expresión diaria de la crisis que el régimen no logra, o no quiere, resolver.




